Cuando todo el mundo da lecciones
En estos últimos decenios fuimos testigos de muchos derrumbes y demoliciones. Se nos vendieron muchas falacias. Y hoy, curiosamente, aparece por todas las partes lo reaccionario, el envejecimiento de nuestros mayores o la infantilización de muchos. Ese utópico futuro sin conflictos tan anunciado no llegó, ni parece que llegará. Lo estoy pensando en este otoño que nos trae, por otra parte, la bendita agua. Tal vez por ella animados, algunos ya piensan en las fiestas de Navidad. Sin embargo, parece que nuestra sociedad tan pronto no mejorará.
Decía Achille Mbembe que todos los necios del mundo insisten en dar lecciones. Bien se sabe que entre nosotros hay unos defensores de las convicciones políticas y otros defensores de las sensibilidades íntimas. Son tan legítimas una como la otra de estas sensibilidades. Para todos lo difícil siempre es proponer mejoras.
He visto en un tanatorio de cierta ciudad cómo el sacerdote estrenaba una lujosa casulla negra (color hace más de 50 años retirado) y cómo, cerca de allí, ciertas homilías me infundían desconcierto. Además, en la misma ciudad he visto grandes banderas en el presbiterio de varias parroquias. Me quedé oyendo melodías muy extrañas. Para ir a Dios no se necesitan esas cuerdas, pensaba. La verdad religiosa reside ante todo en la vida y no en la doctrina.
No sé, no sé cómo expresarlo. Pero hoy me alegra este próximo encuentro del Papa Francisco y el presidente Sánchez. Habrá quienes critiquen este encuentro. A mí quizá me invite a ser menos arrogante y a ajustarme más a la realidad que me rodea, aprendiendo, en primer lugar, a escucharme a mí mismo lejos de tantas melodías extrañas.
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