Educación vial
Hoy, como todos los días, me dirigía a trabajar yendo por varias de nuestras vías capitalinas y, al ver un automóvil aparcado en la entrada de un garaje y sus propietarios vaciando el maletero con las luces de emergencia puestas, empecé a revisitar las situaciones en las que no llevo muy bien lo referente a nuestra educación vial.
Siempre a salvo las ocasiones, que son muchas pero abultan menos, en que los conductores o peatones tienen detalles de amabilidad, comprensión y lógica elevando al ser humano a una categoría superior del reino animal.
Empecemos con el uso de la luz de emergencia. Esta posibilidad está prevista, según el Código de Circulación, con el fin de «advertir que el vehículo representa temporalmente un peligro para los demás usuarios de la vía». Es evidente que el hecho de que el sufrido conductor que transporta las maletas de su pareja o de alguno de sus vástagos a su domicilio, o de este al vehículo para que el infante o adolescente vaya a la estación de autobuses o al aeropuerto, es una urgencia comparable a la evacuación de Tel-Aviv en caso de bombardeo iraní. O por lo menos eso debe de creer el sufrido padre/madre, pareja o conductor ocasional, incluidos profesionales del volante. Es decir, que para el caso de que realmente tenga que encender los anglosajones «warning» por una causa más prosaica, como puede ser un dolor de pecho, sea angina o infarto, una urgencia maternal, una diarrea intempestiva sin redención o que la próstata ataque sin armisticio, la Policía Local le debería multar con 500 euros y pérdida de 6 puntos del carné de conducir. «Una urgencia es una urgencia, caballero», le espetará el guarda urbano con displicencia. «Si usted, por ejemplo, enciende las luces de emergencia para tomar un vermú, saludar al vecino, llevar a los niños al colegio, o mirar las piernas de la cajera del Masymas, está más que justificado, pero por un infarto, una madre moribunda o necesidades básicas, eso es imperdonable y está contemplado como falta muy grave y pérdida de los doce puntos de su carné de conducir sin posibilidad de recuperación. Vamos, hombre...».
Pero, y sigamos con el hecho inicial, aparte de las luces de emergencia está el estacionar, siquiera temporalmente, delante de la entrada de un garaje para aquellos menesteres. No es problema de chulería y de «porque yo lo valgo», como el anuncio del champú. Qué va a ser... Es un tema de derechos adquiridos. Si un usuario de ese garaje llama la atención al okupa, se expone a una discusión de tráfico como si fuera un choque por alcance en un semáforo. Por lo menos. Y eso si no se llega a las manos. El que detiene su «buga» delante de un garaje presupone que la comprensión del usuario del aparcamiento está obligada por ley. Se trata de una norma que, si no está en ningún artículo de la normativa de tráfico, está en la costumbre, esa misma que permite que los niños con sus bicicletas arrollen a los ancianos bajo la atenta mirada complaciente de sus padres (de los niños), o los usuarios de los monopatines eléctricos asalten la acera esquivando impertinentes peatones que estorban su inmaculada trayectoria a 30 kilómetros por hora.
También hay conductores que utilizan la picaresca para estacionar por «urgencias» (como pararse justo enfrente de la coctelería donde tiene una importante cita casual con todos los alcohólicos del orbe para discutir profundamente los males de la sociedad en general y de fútbol en particular). Como tal debe catalogarse detener su automóvil SUV última generación en las plazas reservadas a las motocicletas. A veces se quedan dentro. Otras, las más, estacionan el vehículo y se van a darle al morapio, con el gatillo dispuesto a entablar una pelea con el motorista indignado. Yo, como avezado y veterano en estos temas, suelo hacer una fotografía y llamar a la Policía con el mismo espíritu insano con el que aquellos aparcan.
Continuando con la narración de mi peripecia diaria, fui al Hospital Universitario a una consulta con el endocrino. Es el control anual que me causa cierto desasosiego. Primero, por comprobar que los análisis fueron correctos. Segundo, porque siempre mido menos y peso más de lo que absurdamente creo. Y allí vi coches aparcados con las luces de emergencia en vados, en doble fila... Y es un hospital. Incluso tuve el placer de observar a uno parando la circulación para que se bajara su pareja (por su propio pie, es decir, sana) al lado de una parada de taxis y con la circulación espesa. Maravilloso.
Lo de los coches encima de la acera ya pasa a ser una falta anecdótica, así como saber la razón de tal actitud, que no es otra, más o menos, que ir con el coche hasta la esquina para comprar el periódico en una ciudad que, como mucho, puedes recorrer tres kilómetros si se vive en un barrio y se acude al centro, tomando como referencia la calle Uría.
De la circulación en sí, poco más que decir: es insufrible comprobar la testosterona de la juventud, que es capaz de acelerar su vehículo de cero a cien en «cero coma» para así poder pararse el primero en el semáforo de cincuenta metros más adelante. La manía que a todos nos afecta acelerando con el semáforo en ámbar para pasarlo en rojo y parar diez metros más adelante en el siguiente semáforo (en la plaza de Castilla, sobremanera). El peatón que, distraído o no con el móvil, cruza por donde le sale de las gónadas sin atender a la circulación. O aquel que camina por la carretera sin preocuparse de nada, sabedor de que el vehículo que por allí se aventure no se va a arriesgar a atropellarlo, aunque deba. Los que circulan despacio alardeando de prudencia mientras forman el atasco del día o provocan accidentes, porque aparte de decelerar hasta la náusea conducen con orejeras. Las rotondas con varios carriles que no tienen sentido alguno, excepto aficionarse a las apuestas porque son una lotería. No digamos las «turbo-rotondas», cuya operatividad aún sigue siendo una incógnita.
Eso sí: todo el mundo respeta las plazas de minusválido, en teoría. El porqué es sencillo: la multa es fija e impepinable.
A lo mejor estoy dando ideas...
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