Las noches más cortas
En las noches de verano, cuando al sol le entraban ganas de ir a dormir, los murciélagos se desperezaban en sus oquedades, soltaban sus garras del techo, iniciaban el vuelo y conquistaban el cielo.
Nosotros corríamos en la oscuridad y jugábamos a escondernos y meternos miedo. La lechuza ululaba en el Souto. El sonido repetido nos paralizaba en nuestros escondites. Una luz cobriza como un queso se abría paso por el bosque de castaños.
En la noche de San Juan nos reuníamos en la fuente enramada. Ese día, escondidos, esperábamos ver aparecer a las xanas. Nos aseguraron que las vieran bañándose desnudas o apenas cubiertas con una saya y que alisaban sus cabellos con un peine de oro.
Por más que dilataba la pupila nunca logré ver xana alguna y todo lo que conseguí fue que algún mosquito noctámbulo se aposentara en mis ojos irritándolos y sorbiera mis lágrimas.
Otra noche nos juramentamos -unos con mucho valor, otros con miedo- para acercarnos a la tapia del cementerio y observar por la mirilla las tumbas de los muertos. Decían mis acompañantes que si llamábamos muy fuerte a uno de ellos saldría por la puerta sin abrirla. Así lo hicimos y llamamos a Marcial, que había muerto la semana anterior atropellado por un vehículo.
Después de la tercera llamada nos respondió la lechuza ululando. El miedo nos invadió y salimos corriendo sin volver la vista atrás.
La lechuza (el cavón) seguía ululando. Uno de nosotros tradujo los gritos de la lechuza: "Cavar, cavar, pra mañá enterrar".
Alguno perdió un zapato en la huida, que quedó como muestra de ignominia cuando fue recogido por el enterrador al día siguiente.
Esa noche ninguno de nosotros dormimos solos, buscamos la compañía de nuestros hermanos mayores y rezamos con gran devoción pidiendo que la lechuza se equivocara.
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