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No somos máquinas

26 de Noviembre del 2024 - Marino Iglesias Pidal (Gijón)

Revelador, ¿verdad? Estoy así de inspirado.

Lo digo porque al coche, por ejemplo, igual le da marchar con el depósito full que en la reserva. Como igual le da que sean las cinco de la mañana o de la tarde. A mí, no.

Nunca lo había notado mientras anduve con depósito lleno, pero ahora, con el pilotito rojo de la reserva encendido desde hace tiempo, ya no es igual.

Me levanto, me quito las lagañas y demás, desayuno y me digo: Oye, por si fuera verdad eso de la gimnasia cerebral para no descerebrarse, voy a echar una partidita al cinco en raya contra la maquinita.

Qué cosa. En ese momento, sobre las seis de la mañana, la maquinita siempre me jode más que yo a ella. Sin embargo, cuando a las once, para hacer un tiempito antes de comer, le planto cara, soy yo el que jode mucho más a la máquina que ella a mí. Lo que son las cosas.

Ah, por cierto. Que siempre vi al cerebro como un músculo cualquiera. Entrenado, tiene más fuerza y responde mejor a las exigencias.

Ya no. A lo mejor, como según dicen, es así, pero yo tengo muchas reservas al respecto. Por supuesto no hay duda de que, cuanto más estudies y sepas, más preparado estás para estudiar más y saber más, pero, que estés más avispado... Schut schut... Pa mí que no. Igual que, según, la gimnasia cerebral también es buena, con más propiedad, mala, para el alzhéimer.

Este pensamiento comenzó a tomar cuerpo cuando se murió un primo de mi mujer, un intelectual toda la vida actuando como tal. A los sesenta y pocos ya no conocía a la mujer ni los hijos. Y así se fue a los setenta y... cuatro, y cinco, no estoy seguro.

Contra la vieyera, pues, entrenáu, a lo mejor le aguantas menos mal los asaltos, pero todos los vas perdiendo por más puntos cada vez, hasta que, mijito, del KO no te libra ni dios.

Otro de los pensamientos que ya tengo instalado, es sobre eso de hacer esta güevonada y la otra para mejorar la memoria. Pa mí, ye como el que tien tos y arrasca los... pies. Lo mismo ocurre con tantas y tantas güevonadas: “La fe mueve montañas”.

Ya lo sé José. Concéntrate, y créetelo, pa traer el Picu Samartín a Begoña, Dios no lo quiera, porque, de ser así, pa mí, tan ateo que soy, de ocurrir, sería un putu terremoto y me pillaría en el putu epicentro.

No, no, qué va. Ya tuve bastantes con el de Caracas del 67 estando yo en... ¡joder! Que no me acuerdo si vivíamos en el quintu o en el sétimu pisu del edificiu Imperial, en la Plaza Candelaria.

Cómo estás, Marinín. ¡Y que ye buena la gimnasia pa la memoria! Lo único que consigo con la mía ye que coja unes agujetes que se caga.

Aydiosss... Y pensar que hay gente que comulga con todo eso de la fe... Bueno, hay cantidad que ¡revotaron! a Zapatero y ahora revotarían a este... a este... No lo califico, porsi... Ya no me fio, ni de eso de la libertad de expresión.

Aunque, ahora mismo, probablemente, todas estas güevonadas ya carezcan de importancia. Creo que, muy bien, podríamos estar sintiéndonos como el carajo que se preocupa porque ve unos nubarrones negros en el cielo y dejó el paraguas en casa. Sin enterarse de que Marte se ha salido de su órbita y está a diez minutos vista de la Tierra, en cuya, inequívoca, dirección viene.

Es que esto de “la mano muerta”, los “misiles hipersónicos”, el majareta de Biden...

Coño, humanidad, ¿de verdad, de verdad, no te da pena (vergüenza en castellano de España) haber llegado al extremo de poner de poner en manos de un majara senil tu destino, tu propia supervivencia?

Tú, humanidad, sí que no tienes consciencia de que padeces demencia. ¡Y de la más arrecha!

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