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La siempre florida

1 de Diciembre del 2024 - Fernando Vijande Fernández (Castropol)

En mi casa, cuando yo era pequeño, porque yo también fui pequeño, en la sala de estar (no sé por qué le llamábamos sala de estar, pues nunca estábamos en ella) teníamos una planta que le llamábamos "la siempre florida" y era muy chiquita y "esmexurriada". Estaba metida en una maceta de zinc agujereada que en su anterior vida sirvió como caldero de acarrear agua de la fuente encima de la cabeza de mi madre.

Un día me dijo la señora Rosa de Mingueiro que ella tenía otra igual, pero mucho más grande y esplendorosa, y eso era debido a que ella le hablaba todos los días por la mañana y también por la noche al acostarse.

"Pero ¿las plantas hablan?", le pregunté yo.

"Sí, todos los seres vivos hablan entre ellos y con nosotros, que también somos seres vivos. ¿Tú no ves que las plantas a veces están mustias?, las plantas también se deprimen, lo pasan muy mal las plantas, y a veces por el calor acaban muriéndose", me contestó.

Yo, que no conocía el lenguaje de las plantas (no me lo habían enseñado de pequeño,) decidí seguir el consejo de la señora Rosa, así que nada más levantarme le dije: "Hola, bonita. ¿Cómo te llamas? ¿Cómo te encuentras hoy por la mañana?".

La "siempre florida", como si fuera una monja cartujana, no me respondió, movió una hoja al abrir yo una ventana y entrar el aire frío, y parecía que me entendía.

"Ay, espera, bonita, que hay corriente y te puedes constipar", dije yo cerrando la ventana.

Le quité unas cuantas hojas secas, le puse un poco de abono de nitrógeno ("cuito"), le arrimé un poco de tierra al tallo y con una taza con agua se lo mojé. Me pareció que se estemecía.

"Qué agradecida es esta planta", dije yo en voz alta mirando para ella. "Nos vamos a llevar muy bien". Yo creo que me sonrió.

Decidí a partir de entonces hablarle todos los días, pero le hice jurar primero con una cruz hecha con los dedos y encima de una hoja que no le contaría a nadie los secretos que compartiría con ella.

La "siempre florida" me escuchaba siempre callada, nunca tuvimos una palabra de más ni de menos, parecía que tenía conmigo un pacto de silencio; todo lo que le contaba -y mira que le contaba cosas- las guardaba para sí, incluso cuando teníamos visitas permanecía callada en su rincón y no intervenía para nada en la conversación.

Era muy buena mi "siempre florida", muy buena.

A veces es muy bonito tener con quien hablar, y mi planta nunca se te adelantaba en la conversación ni te hacía un reproche, todo lo más se arrugaba un poco cuando tenía sed y te pedía agua.

"Tranquila, bonita, ya voy, mira que es bonita mi 'siempre florida', que ahora mismo te doy de beber".

A partir de entonces, cada vez que hago una ruta de montaña les cuento mis secretos a las plantas y jamás se los han revelado a nadie. Son muy respetuosas las plantas con las personas, muy respetuosas, y viceversa. Mira si son respetuosas las personas con las plantas y tanto las admiran que algunos y algunas se han hecho vegetarianos.

Yo, que tuve estas experiencias tan bonitas en mi niñez, espero que algún día, cuando me vaya a donde habita el olvido, a todas las flores que salgan por mi cabeza, aparte de dar algo de aroma, pueda contarles todas mis inquietudes y mis reflexiones y no dirán nada, serán como una tumba sellada en medio del camino.

Así que no intentéis que mi "siempre florida" os cuente mis secretos, no puede, me lo ha jurado por sus esquejes (hijos).

Pero ¡qué bonita era mi "siempre florida"!

Muchísimos años más tarde se inventó una palabra: dendrofilia, que significa y refleja el amor excesivo por las plantas y los árboles, y hoy en día hay quien los abraza y quiere casarse con ellos.

Tiene que haber de todo en esta vida.

De todas formas, yo sigo diciendo: pero ¡qué bonita era mi "siempre florida"!

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