Ahora es el turno de las sidrerías
Se confirma la cultura de la sidra asturiana como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, y eso merece una respuesta acorde con su significado, comenzando por adecuar los lugares en donde se va a celebrar esa ceremonia y terminando por un servicio que incluya todo (la gastronomía bien entendida y con especial contenido asturiano es parte inseparable de la oferta). Porque esa celebración ritual requiere el lujo de una persona pendiente de ti dispuesta a oficiar la cosa, lo que exige liberalizar precios, porque ese detalle está reñido con la austeridad, o lo uno o lo otro. Y el asunto no queda ahí, las instalaciones de los establecimientos sidreros tienen mucho margen de mejora y habría que ir pensando en ello. Y que en cada núcleo importante de población haya al menos cinco o seis ofertas que respondan a estos requerimientos, conviviendo con las sidrerías actuales, que tampoco son muy representativos de ninguna personalidad o carácter, porque han nacido y crecido al abrigo de una precariedad que no se corresponde ni con la autenticidad ni con el tipismo y que, aún habiendo tenido aceptación, no han sabido o querido evolucionar hacia algo mejor (hay que exceptuar y resaltar una firma que en los últimos años ha hecho un esfuerzo titánico para sacar a este sector del conformismo). O eso o instalarse en la medianía e ir tirando, pero en ese caso de poco habrá valido el reconocimiento universal.
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