Navidades-verdad
La Navidad es época especial, entrañable y tiempo de buenos sentimientos, parece que obligados, chute a la demanda interna de un país a través del consumo masivo. Nos lleva a pensar en regalos y consumo de bienes de cierta calidad y que suponen gratificación de lujo y oropel, caprichos un poco sibaritas, hacer gastos y aparentar expansiva felicidad. Gran temporada de ventas, cuento de Dickens, iconografía nórdica, España de nuestros maravillosos Reyes Magos, luces de relumbrón, iluminaciones eléctricas fastuosas, alumbrados, pistas de patinaje, Papás Noeles, gorros rojos de Santa Claus en fiestas de adolescentes beodos. Escaparates en una sociedad de ruido y botellones, valores materialistas. Tiendas de productos y mercaderías lujosamente dispuestos; en fin, campañas de marketing superefectivas y un despliegue todo de espumillón, turrones, efectos visuales y maquinaria comercial. Hay también bonitas tradiciones europeas cristianas de hondo sentido.
La economía es primordial, no seamos “enemigos del comercio”, el comercio es fabuloso, es relación, es satisfacción de unas necesidades evolucionadas, es dinero y creación de riqueza, por supuesto imprescindibles puestos de trabajo y salarios, beneficios empresariales y estilos de vida social. La realidad es que todo este bonito montaje comercial pantagruélico y exorbitante, de demostración de excedentes y del poder de las sociedades opulentas, se ha desvirtuado en su raíz tradicional, siendo algo así como un potlach, compras a prisas y agobio. En las cenas de empresa puedes llegar incluso a conocer a gente maja, que incluso depone el estrés, zancadillas e inquinas. David Riesman habló de las “muchedumbres solitarias”, hay problemas comunes muy ocultados, abundando patologías adictivas y soledades, sentimientos naturales de nostalgia y emociones ambivalentes.
Es verdad que las Navidades ni siquiera tienen un origen cristiano, podemos celebrar el solsticio de invierno, “el Padre invierno”, las Saturnales , lo que queramos, pero el sentido cristiano, arquetípico y arraigado, de celebrar la llegada del Niño Jesús al mundo, envuelto en una manta en una cueva de pastores o un establo en Belén, nos recordará siempre que hay que valorar la humanidad esencial que nos une y siempre unirá, lo que nos hace vulnerables y pobres ante un Dios que es silencio, verdad y misterio de amor que libera y nos colma el corazón de manera desbordante y con sentido de gratuidad.
Recordemos a nuestros seres queridos, que nos dieron todo lo que tenían bondadosamente, y ya no están, a la gente que más sufre por privaciones y malas situaciones de soledad, marginación, pobreza, enfermedad y desprecio, en un mundo sobreestimulado y donde los problemas se arreglan mediante el consumo de lo que sea, con tal de aliviar incomunicación y pulsiones. Navidad es nacer de verdad, renovarse, mudar la piel, morir a lo viejo y ser un “Hombre nuevo”, una “Mujer nueva”, saber que el gozo surge con la luz que nace.
Vivimos en un mundo tan “pluscuamperfecto” que toda crítica es desactivada en aras del pensamiento “único” acallador: pura razón instrumental, dogmas persuasivos que pasan por la única realidad posible, “fin de la historia” en clave de escenarios artificiales y solución de problemas generados por el propio sistema, en un bucle incesante de vacuo entretenimiento. Navidad es juntarse, reír, comer juntos, cantar y compartir lo mejor, desde cierta raíz de fraternidad conmovedora, superando todas las decepciones, vanidosas caretas, odios, abismos ideológicos. Felices Navidades humanizadas, en familia, con amigos y con salud integral para hacer el bien, ser humano, gozar de verdadera compañía humana.
Vivamos en Utopía, donde hasta el “Espíritu navideño” existe y se hace realidad, con un Papá Noel, unos Reyes Magos que nos traen regalos y lo que les hemos pedido de felicidad, como aquellos niños inocentes y tiernos que fuimos, que vivían la ilusión y la esperanza navideñas.
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