Viendo el vaso medio lleno...
“No hay mal que por bien no venga”.
Ese es el punto de vista del optimista.
El del pesimista digo yo que será “no hay bien que mal no traiga”.
Para mí, tratando siempre de ser realista, en esta ocasión optaré por mostrarme... contemporizador.
Creo que, efectivamente, imposible lo uno sin lo otro y lo otro sin lo uno. Y le aplicamos uno u otro calificativo, según el porcentaje del paquete. A nuestros ojos, un 80 de bueno y un 20 de malo, pues lo llamamos mal, y viceversa.
Un ejemplo para corroborar: la pérdida de memoria.
Qué jodido es. Sin embargo, ya se sabe, hay memorias que borran del consciente parte de sí, para salvaguardar el estado mental del personal. Un ejemplo multitudinario se pone de manifiesto con los votantes del PSOE que no tienen duda en seguir siéndolo.
Qué pensar de quien quiere seguir teniendo en su vida un Sánchez o un Zapatero, con toda esa caterva de indeseables confabulados para el ejercicio del mal en favor propio.
Me abstengo de emitir mi propio juicio, creo que lo haría obnubilado por mis sentimientos. Así que diré: Como en todo, para todos los gustos. Que unos lo hacen, y en esa seguirán, porque algo sacan y sacarán. Otros, por simple inercia. Otros, porque les da pereza pensar. Otros... En fin, eso, para todos los gustos.
Entre ellos están los votantes que lo son porque su memoria protectora anula por completo a la memoria persé, para no autoflagelarse y hacer oídos sordos a los gritos que la memoria sin censura profiere. Pero, regresando al principio, “no hay mal que por bien no venga”.
¿Qué bien puede traer toda esta peste inmunda?
Hay que echarle pichón para encontrar alguno. Yo pienso y pienso... y que no. Quizá, siendo optimista, me digo, pues oye, quién sabe si, a fuerza de tanta maldad ¡abierta!, ¡manifestada con tan absoluta desfachatez!, no irá despertando algunas, ¡por Dios!, ¡si fueran suficientes!, conciencias que provoquen una catarsis nacional que nos libre de tanto mal.
Amén.
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