Felipe VI el Prudente
La voluptuosa pompa y circunstancia de un fondo palaciego acicalado, al modo navideño de un centro comercial de postín, ha servido de telón de fondo para el décimo discurso de fin de año de nuestro Jefe del Estado. Con pose relajada y ademanes tranquilos, S. M. el Rey Felipe VI se ha dirigido a los españoles cosechando una discreta y sostenida audiencia que los protodiáconos ya del sistema se han apresurado en categorizar a la baja con una precisión muestral nanométrica que cabe suponer tan fiable como viene siéndolo últimamente la Estadística oficial del Reino.
Con estilo apacible y una dulce exquisitez terminológica, el monarca ha ejercido de psicoterapeuta de primeros auxilios, desdramatizando el escabroso y fangoso contexto ambiental de las más recientes tragedias internacionales y nacionales que todos tenemos en mente -y en carne viva- para invitarnos a una desmemoriada beatífica e ilusionante concordia que parece invitarnos a una tercera visita al mundo feliz con subtítulos en español. Aunque probablemente los más arrobados por el regio discurso solo echaron en falta, como colofón, un voto explícito para que la paz del Señor permaneciese siempre con nosotros, quienes se la tienen jurada a lo que le va quedando del ilusionante e ilusorio "Régimen del 78" -emparedando, entre ambos, discretos, elocuentes y prudentes silencios- ya estaban despotricando aviesa e incendiariamente contra el sursuncorda (polisémico) antes de que don Felipe cruzase las piernas mirando bonaciblemente a las cámaras entre arcos apabullantes, doradas molduras, banderas cercanas y lejanos nacimientos.
Cabe preguntarse si nuestro -fundada e indiscutiblemente- buen Rey, después de
necesarias, memorables y cuasi heroicas intervenciones, va asumiendo -para nuestra
desgracia- el deslavazado y cuasi prescindible papel al que le confina -ilusoria o errónea, irresponsable o premeditadamente- nuestra Constitución. O ¿será que "hasta Zarzuela" está
llegando la colonización de "Moncloa". ¿Será que algunos somos unos pesimistas, conspiranoicos -o, peor aún, fachosféricos merecedores de paseo por la checa-, que vemos fango donde solo hay chocolate de marca, corrupción donde no hay más flexibilidad ética, destrucción donde hay inteligente reforma, inutilidad, torpeza y mala fe donde solo hay humana condición, progresiva miseria donde solo hay ajustes coyunturales, caos o control donde solo hay control y caos, tendencias cártelo-caribeñas donde solo hay genes folclóricos...? ¿O -lo que sería aún peor- que siendo realidad los peores descriptores, y las peores previsiones, nuestro Rey -ya escueta y proféticamente descrito en su momento como "sereno" tras un predecesor "campechano"- estaba comenzando a ejercer el papel de un Wallace Hartley dirigiendo apacible y paliativamente la heroica orquesta mientras la nave se iba inexorablemente a pique?
Como no soy tan pesimista, personalmente -y por el momento- me quedo con parte
de la interpretación que de este episodio ha hecho alguien que tanto y tan bien ha descrito y guionizado a nuestra actual sociedad como José Mota: que en el Felipe VI político hay
mucho de lo mejor de Adolfo Suárez.
Que Dios lo quiera, que va a ser que sí. Pero... ¿y si no?
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