Tontunas navideñas
Llegan estas fechas, qué digo, ya no hace falta que lleguen, ya se encarga la mercadotecnia de adelantarlas convenientemente en el calendario, para captar tempranamente los euros de cualquier cliente potencial antes de que aparezca una nueva y luminosa estrategia comercial y se los ventile primero. Creo que este año ya empezaron con la exposición de turrones y demás dulces navideños en cuanto se acabó la temporada de verano. Cuando no aparece o se incorpora al asunto algún dictadorzuelo equinoccial con la ocurrencia de fijar las fechas navideñas según su particular gana, surgida más que de alguna parte de su masa cerebral afectada de una posible minusvalía, de su exclusiva y glandular entrepierna.
Llevamos ya muchas décadas sometidos a una lluvia fina u orballo con el que se va diluyendo o substituyendo en Occidente, y más concretamente en Europa, el auténtico sentido de la Navidad: la celebración del nacimiento del Dios-hombre Jesús, que vino a la Tierra para comunicarnos que somos hijos de Dios, que vino a salvarnos y a traernos el mandato de amarnos como Dios nos ama. Niño-Dios al que unos sabios o magos fueron a adorar y donar valiosos regalos como homenaje. En su lugar se pretende substituirlo por un denominado Espíritu de la Navidad, cuyo influjo busca llenar los hogares de paz, amor y prosperidad como por arte de magia, como un producto emanado del solsticio de invierno. Proceso de desacralización que se ha acelerado con la expansión de la cultura woke y su defensa agresiva de la inclusión de culturas, razas y religiones a costa de erradicar los valores y las tradiciones que conforman nuestra cultura occidental.
Basta con observar cómo han cambiado los motivos que forman parte de las iluminaciones navideñas de nuestras ciudades. Motivos que carecen de alguna posible alusión a la Navidad cristiana, que lo mismo sirven para anunciar unas fiestas patronales, una feria de muestras, un jubileo o el concurso para elegir a miss provincial.
Por no hablar de disfraces y adornos personales a los que se ven sometidos nuestros pequeños vestidos de gnomos y elfos en exhibiciones organizadas por guarderías y colegios para orgullo de padres y abuelos. Cuando no, luciendo en sus cabezas esas simulaciones de incipientes cuernos de reno, cuyo culmen llega hasta el personal de plazas y supermercados por estas fechas. Todavía no me acostumbro a pedir a un carnicero adornado de tales cornamentas, aunque sean simuladas y de reno, porque me da un no sé qué... Toda una pantomima orquestada en honor a ese gordo personaje conocido como Santa Claus o Santa, envuelto en una especie de chándal rojo, que hace más ostensible su obesidad, supuesto exponente de su bondad. Que, con su tontorrona afabilidad, y su crónica incapacidad de hilar una frase inteligible, al parecer exclusivamente limitada a dos mínimas palabras: ¡jo, jo!, hace totalmente incomprensible que sea capaz de organizar la producción de todo un mundo de regalos, y más aún la logística de su distribución por todos los domicilios del planeta, contando solo con la sola ayuda de un enorme saco, un trineo mágico y una reata de renos, renas y su exhibicionista líder Rudolf del que se sospecha perteneciente al colectivo de ilegible nombre, dado que no termina de salir del armario o de su abetal refugio. Tan incomprensible como para que toda la compañía pueda acceder a los hogares trepando por fachadas, balcones o descendiendo por chimeneas, como pretenden imitar esas cabalgatas colgantes de balcones y ventanas, más parecidas a vulgares ristras de ajos que a otra cosa.
De esta manera, apoyada por la fuerza del marketing americano, se ha ido substituyendo la tradición de la entrega de regalos en Navidad por los Reyes Magos como recuerdo de los que ellos entregaron al Niño Jesús. Y, que, por imitación en algunas partes de España, se pretende remplazar su función de reparto de golosinas y regalos a los niños, por supuestos personajes folclóricos como el Olentzero, un carbonero bonachón que habita en los bosques del País Vasco y Navarra. El Caga Tió, en Cataluña, un tronco de madera al que se le alimenta desde primeros de diciembre y que el día de Navidad se le da una tunda de palos para que cague regalos y chucherías o el Apalpador en Galicia, un hombre amable, muy grande, con una larga y poblada barba roja, boina, una chaqueta verde remendada y con una pipa siempre en la mano.
A este lento pero imparable proceso de "renificación" y "papanoelización" de nuestras navidades se ha venido a añadir desde hace poco tiempo, la costumbre del elfo travieso, un semi-enano que trabaja todo el año en los talleres de Santa Claus en el pueblo de Rovaniemi (Finlandia) que llega a las casas a primeros de diciembre. Cuya misión consiste en observar el comportamiento de los niños hasta el día de Navidad, cuando desaparece, para volver de nuevo en las próximas navidades. Como no tiene mucho que hacer, se dedica por las noches a inventar travesuras, como tirar harina por la cocina, desenrollar papel higiénico, jugar con la pasta de dientes o aparecer en los lugares más insospechados de la casa, para asombro de los más pequeños de la casa. Una ingente tarea de inventiva que los padres tienen que desarrollar cada noche, a lo largo de todo un mes, que se añade a última hora de la jornada, a las tareas diarias de cenas, baños y nervios consiguientes a la hora de dormir a los más pequeños. Pues el jueguecito que puede ilusionar a alguno puede crear ansiedad en otro, al que le asusta que ande alguien dando vueltas por la casa haciendo de las suyas por la noche.
Y, para rematar la tontuna, se acaba de incorporar al proceso de difundir el llamado espíritu navideño, la decoración del coche familiar con unos bonitos cuernos de renos, con sus correspondientes y tintineantes cascabeles, dotados de poderosas ventosas para adherirlos a ambos lados del techo justo encima del parabrisas que, se completa con una bola roja como nariz del reno Rudolf, colocada en medio del frontal del vehículo. Así que ya lo sabe. Si ve a su vecino con el coche de esta guisa, felicítelo efusivamente, porque el hombre es un rebosante ejemplo de espíritu navideño, insulso pero cierto. Esto es lo que hay.
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