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El interés y la razón, el escorpión y su condición

7 de Enero del 2025 - Marino Iglesias Pidal (Gijón)

Las cosas son como son. Y las partes, los componentes, serán los que sean, pero lo que cuenta, para el contador, es la unidad que han formado.

Una piedra contará con átomos que contarán con protones, neutrones... Y yo qué coño más sé, pero al final es una piedra. Y si es grava y la mezclamos con arena, cemento y agua, pues ya ni piedra, ni arena, ni agua, ni un carajo, será ¡hormigón! Y serán tan hormigón como el escorpión es escorpión, cada cual con sus propias características. Igual que yo soy como soy, el vecino es como es y el de enfrente también es a su manera, como cada cual, pero los ocho mil millones que somos componemos la especie, y la especie es lo que el hormigón a la piedra, la arena... lo mismo que la piedra es a los átomos y demás.

Así que la especie, la humanidad, es como es, no como fulanito o menganito. Y su peor condición: hacer primar el interés sobre la razón.

Resultado, el desastre de mundo, de sociedades, que ha creado.

Por supuesto, ya, a dos no les vendría mal un tercero que los gobernara, de lo contrario lo más probable es que el más fuerte tuviera al otro jodido permanentemente.

De manera que si hablamos de "tribus" multitudinarias, cuarenta millones, la española, por ejemplo, no digamos. Imprescindible el Gobierno, los gobiernos. Pero lo dicho, el ser humano es lo que es: antes que la razón, el interés.

Y el interés, en este caso al que voy, es la forma de gobierno que, ¡según él!, es una ocurrencia inmejorable: la democracia.

Lo que es a mí, cuando algo es, o lo más probable es que lo sea, evidentemente, nefasto, me cuesta un imperio criticarlo, encontrar razones para hacerlo. Media docena de garbanzos, hasta en un galipu de fabes, los puedes encontrar sin mucho que buscar, pero como esa media docena, con alguna característica única, vas a encontrar entre un galipu de ellos.

Pues eso es lo que me pasa a mí cuando me pongo a encontrarle defectos a la "democracia". Los tiene todos.

Hasta para desempeñar la más simple función laboral exigen requisitos al personal. Para la que muy bien se podría considerar la más importante, puesto que tiene incidencia directa en la vida de todo quisque: un coño.

En una democracia, "cualquiera" puede llegar a presidente. No se le exige ninguna formación, ni condición ética o intelectual. Nada. Lo fundamental para tener chance, un capital que te permita acceder a todos los medios de comunicación posibles, para que ni un quisque se quede sin escuchar el mensaje que tú le haces llegar.

Lo cual, lo más probable, es que dé lugar a gobiernos formados por indeseables "adornados" con los atributos menos recomendables, carentes de la mínima autocensura, que se permitirán soltar las ofertas más deseables, que ni se les pasa por la cabeza cumplir.

Así pues, tenemos la forma de gobierno y los gobernantes que nos merecemos, como víctimas de lo que, colectivamente, somos, que ya he mantenido desde el titular: interés sobre razón.

Y por qué no hacemos un buen razonamiento. Pues por eso. No es que el interés nos nuble la razón, ¡nublamos la razón en favor del interés!

¿No podríamos esforzarnos y usarla para vencer al maldito interés que a la ¡inmensa! mayoría tiene jodida? ¿No podemos entender que el bien de todos nos incluye?

Sí. Creo que sí lo podemos entender, pero a muchos no les basta con eso, no les importa lo bien que puedan estar, lo verdaderamente importante para esos muchos es estar ¡mejor! que los demás, tener poder sobre el resto.

De ahí que sea imposible, lo sé, pero eso no quita para que yo vaya a mi rollo y razone, así, sobre la marcha, una forma de gobierno, simple y, desde luego, con muchísimas más probabilidades de proporcionar bienestar a los ciudadanos.

Lo he dicho más veces. Una nación viene a ser "el negocio", "la empresa" de todos sus nacionales. Acometamos la formación de su gobierno como tal empresa. Establezcamos una presidencia por oposición.

Requisitos para presentarse, muy simples: Haber nacido en el país y tener más de 40 años.

Los exámenes. Simples cribas por diferentes cedazos, hasta llegar al individuo/a con la trilogía: honestidad, inteligencia y cultura, de mayor puntuación. ¡Más nada!

Otro tanto de lo mismo para elegir a sus "ministros", entre personas honestas, inteligentes y cultas, cada cual, con especial preparación en el cometido del correspondiente ministerio.

Opción que, por imposible, he procurado sintetizar con las menos palabras que se me han ocurrido.

Para qué describirle el uso del paraguas a quien estará toda su vida bajo techo.

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