Planto por Mediavilla
El viernes 3 de enero de este año el fallecimiento de José Luis Mediavilla Ruiz nos conturbaba el ánimo, porque parece que la presencia cotidiana de uno y la persistencia simultánea y fecunda de sus obras conjuran toda sombra de acabamiento. Con él se va también toda una época, de la que no quedan tantos partícipes notorios ni testigos privilegiados; a saber, la correspondiente a la implantación masiva y exitosa de los profesionales liberales que demandaba una senda de crecimiento insólito, cuyos efectivos se equiparaban a los de cualquier nación tenida por más avanzada que la española, y de cuyas fuentes bebieron no pocos de aquellos, pero con amplitud de conferirles un sabor propio. Mediavilla era así un soplo vivificante en la práctica de la neuropsiquiatría y en la ciudad, Oviedo, que acabó siendo la suya y la de muchos de sus colegas y amigos, embarcados todos en un prodigio de movilidad geográfica intramuros que hoy se ha extinguido al punto de hacernos extraños unos a otros.
Hombre de aticismo probado en todas sus manifestaciones, deja una estela indeleble de cordialidad en el recuerdo de quienes le trataron en su dimensión personal, o como lectores, ora estudiosos, ora despreocupados, de sus textos científicos, literarios o teológicos (recuérdese su colaboración en la obra colectiva “Regina Sanctae Ovetensis”). Javier Neira sostenía en su discurso “Oviedo no es Vetusta” que la capital del Principado era acreedora de tres premios Nobel (Gustavo Bueno, Carlomán y José Barluenga); yo no sé si Mediavilla debería ocupar una cuarta hornacina en una galería de bustos egregios por España y para el mundo, pero tan valiente aserto nos pone en la pista de cuánta excelencia prodigó la academia ovetense como centro de saber de segundo grado cocinado al calor de, repito, las profesiones liberales forjadas para imprimir a nuestra sociedad un impulso decidido a la altura de su potencial.
Javier Carriles Suárez
Candás
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