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Una pandemia en la memoria

25 de Enero del 2025 - Julio L. Bueno de las Heras (Oviedo)

Entre los capítulos para olvidar de la historia de los pueblos hay acontecimientos banales, pero hay también otros que dejan huellas que trascienden de sus nichos espaciotemporales para marcar un antes y un después pasivo o para activar las alarmas sobre lindes que no se deberían haber traspasado nunca, dejando -como es el caso- heridas abiertas y cicatrices inhabilitantes para los restos en una o varias generaciones. Un ejemplo patético que está en la mente de todos y que, al menos, serviría como aleccionador de cara al futuro ha sido -o está siendo- la pandemia de covid-19, toda vez que podría dar coletazos si dioses y/o demonios quieren y pueden, a tenor de lo que algunos de sus mensajeros, profetas y apocalípticos jinetes mercenarios han llegado a anunciar impúdica y ominosamente antes, durante y después de la masacre.

En manifiesto contraste entre el afán de provocar emociones domésticas revolviendo en sedimentos del patio casero, no para fundamentar la historia con nuevos fósiles, sino para alimentar las lanzaderas del vecindario con más pellas de fango -como es el caso de la carroñera refocilación cincuentenaria, evocadora del tránsito de caudillos a mejor vida-, o entre divertidas reacciones alérgicas desatadas ante estimulantes efervescencias planetarias que podrían empujarnos a ensayar, de una vez por todas, el sutil saltito evolutivo entre "despertados" y "despiertos" -como podría ser el espectacular renacer de la fuerza de un imperio que contraataque-, nos encontramos con un silencio atronador que ha acompañado a otra noticia que también nos ha llegado del Nuevo Mundo.

Silencio coral.

Me refiero al posiblemente demoledor informe del Congreso de los Estados Unidos del pasado mes de diciembre sobre el origen del virus SARS CoV y sobre la base científica de la mayor parte de las decisiones equivocadas -políticas, sociales, científicas y médicas- adoptadas internacional, nacional y localmente durante la covid-19. No se trata solo de errores y carencias o excesos justificables por el pánico y el lógico atolondramiento ante un enemigo desconocido -desde las distancias y los confinamientos a las mascarillas, pasando por el pillaje menor, inevitable en toda hecatombe-, sino de aviesas medidas de control social adoptadas a sabiendas con sus elementos internacionales comunes -restricciones de todo tipo y saltos en el vacío con los protocolos temporales de vacunación y sus efectos colaterales- y con sus peculiaridades locales, vividas en directo, como los comités fantasmas de expertos (o de expertos fantasmas) y los inconstitucionales estados de alarma. Es evidente, y el informe así lo recalca, que los gobiernos mintieron, muchos medios mintieron y los entreverados negocios sucios alcanzaron cotas escandalosas, aún no cuantificadas del todo.

Silencio coral sostenido.

Como consecuencia, la confianza de los ciudadanos en las instituciones, desde la OMS a alguna alcaldía de barrio, se ha deteriorado hasta límites peligrosos, y algo tan serio como el secuestro o la impostura de supuestos consensos científicos ha tenido demoledoras consecuencias sobre el crédito, la fiabilidad y la seguridad de algo tan cerca de lo sagrado como vacunas y protocolos médicos. Ante este escenario erosionado surge inevitablemente la sospecha de que este dramático episodio, accidental, coyuntural o instrumentalizado, habría podido ser usado como ensayo general o herramienta inmisericorde para acelerar la consecución de otros espurios objetivos reseteadores.

Silencio coral sospechoso.

Resumiendo, este informe, que está superando con holgura los test de fiabilidad patentados y aplicados por autoconsagrados exorcistas antibulos (con reproches a la composición y formalismos de la comisión de la cámara de representantes y a la condición funcionarial que no científica de sus integrantes), nos debería llevar a tratar de resolver cuanto antes dos cuestiones: la típica del "qui prodest?" del Derecho Romano para buscar culpables de un deterioro integral de nuestro sistema y nuestra confianza en él, y la tanto o más apremiante "quomodo emendare?", cómo recomponerlo y cómo recuperar la necesaria confianza en él.

Ánimo, expertos, estas páginas, esos altavoces, aquellas pantallas os esperan, esperan vuestras aportaciones.

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