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Jubilación política

8 de Febrero del 2011 - Constantino Díaz Fernández (Oviedo)

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que tanto en el sector público como en el privado, aunque bastante más en el segundo que en el primero, y en todos los campos de actividad, se haya ido desarrollando la política de ir prescindiendo de todas aquellas personas situadas en la frontera de los 60 años; incluso, en algunos casos, con bastantes menos. Por medio de diversas fórmulas: prejubilaciones, bajas incentivadas, despidos pactados, etcétera, se han ido apartando del mercado de trabajo a profesionales, muchas veces altamente cualificados, solo con el objetivo de adelgazar las nóminas, amortizando sus puestos de trabajo u ocupándolos con otros individuos más jóvenes que, a pesar de presentar un excelente expediente académico, aún están lejos de alcanzar el nivel de competencia de los sustituidos. No se puede entender que en la plenitud de una carrera profesional, con aptitud física y mental sobradas, con capacidad suficiente para aportar a la sociedad todo su bagaje de conocimientos y experiencias acumuladas a lo largo de muchos años de trabajo, se desprecie todo este capital humano sin ningún tipo de consideración personal ni profesional. Aunque en principio, en el terreno de lo inmediato, puede representar un ahorro, no tengo la menor reserva de que, en el balance final, tendrá, en mayor o menor medida, un coste importante.

No hay duda ´de que en algún momento todos tendremos que dejar nuestra actividad laboral y dejar paso a las nuevas generaciones. Es razonable y humano que después de una dilatada vida dedicada al trabajo, variable en función del tiempo y la actividad ejercida, y con una edad acorde con la actual esperanza de vida, tengamos que pasar a disfrutar de una digna y merecida jubilación. Si, además, la salida de nuestro puesto de trabajo se produce de forma escalonada, formando y orientando adecuadamente a quienes nos van a suceder, seguro que ganaríamos todos: el individúo en particular y la sociedad en general.

Es curioso, o cuando menos llamativo, que existiendo tanta inquietud, y hasta premura, por apartar de la vida laboral a tantas personas que están en condiciones de poder seguir desarrollando dignamente su labor, por el único condicionamiento de los años, no se use este mismo criterio en la clase política, limitando la edad para poder acceder a cualquier cargo público. Si, basado exclusivamente en su fecha de nacimiento, se considera amortizado a un individuo para realizar una gestión que, en cualquier caso, puede afectar a unos pocos, estaría más que justificado que, por el mismo principio y razón, se amortice a otro cuya gestión afecta a muchos. No es de recibo que ciertos políticos, algunos muy cercanos, ya agotados y sin ideas, aunque en otros tiempos hayan sido válidos, pretendan perpetuarse en el poder, convirtiéndose en un problema en lugar de una solución.

El ejercicio responsable de la política exige una vocación de servicio a la sociedad y no a los intereses de un individuo o partido. Es una inquietud personal que, bajo ningún pretexto, puede convertirse en una profesión. Al igual que una carrera de relevos, requiere la máxima entrega, esfuerzo y sacrificio, sabiendo ceder el testigo a tiempo. Por desgracia, no siempre lo correcto y deseable es lo más frecuente.

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