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Hambruna mundial y luces de candilejas

22 de Diciembre del 2025 - Celso Peyroux

Recordando a Inés Illán,

mujer comprometida y solidaria

Una tarde, el alcalde de Vigo y cientos de regidores municipales diseminados por esta “Piel de toro” donde habitamos pulsaron el dedo sobre un botón y miles de candilejas resplandecían por ciudades y pueblos (entre ellos Aciera de Quirós) iluminando la noche y dando a entender que comenzaban los festejos de Navidad.

Desde entonces, hay alegría en las calles, huelen los puestos de castañas amagostadas, se abren las ventanas del mercado navideño, se degustan los quesos asturianos y otras delicatessen, se exponen belenes artesanos, se nota en el ambiente una Epifanía de luna llena adelantada y por los altavoces colocados sobre las farolas se oyen los villancicos de siempre menos, a Dios gracias, el rayado disco de “El burrito sabanero”, que se queda este año en el cobertizo a causa de un resfriado rebelde.

Más de catorce mil niños mueren todos los años en Haití a causa del hambre, violencia, malaria y otras infecciones

¡Qué ambrosía para los ojos y para el alma contemplar la infancia con su sonrisa en los labios y un globo en las manos corriendo unos tras otros hasta el molino y de pronto pararse ante la noria para preguntar a sus padres por qué el ingenio da vueltas sin cesar y luego, cerca ya del portal, hacer lo propio con los Magos de Oriente, dejando volar sus fantasías a la espera del juguete solicitado. ¡Qué placer ver por Encimada grupos de familias y de amigos estrechando relaciones, incluso el bronce de Ana Ozores que permanecía en silencio espera, una de estas noches, que el Magistral venga a cortejarla.

En Haití –mon amour- la luna también brilla y riela sobre el lago Azuei, en el límite con Dominicana, cayendo sus rayos con dulzura sobre los tejados de las chozas de caña y palmera que se amontonan en la ribera. Las gentes no duermen porque es plenilunio y esta noche, no todas, llega la luz a los poblados y viejos gramófonos y giradiscos caducos arrancan con sonidos caribeños y hombres, mujeres y la plebe infantil bailan sin descanso la danza del hambre hasta el amanecer.

Conocí Haití al año siguiente del “gudú-gudú” (terremoto) que había asolado el país en 2010 provocando doscientos mil muertos, desaparecidos bajo las ruinas, cientos de heridos, la destrucción de miles de cabañas y la mayor parte de los edificios, sobre todo en Port au Prince, capital de la nación. En una misión de voluntariado con Mensajeros de la Paz hice de todo, aquel verano, en el pueblo de Fonds-Parisien: comprar cabras por las aldeas altas de la Sierra para dárselas a las familias pobres; enseñante de un grupo de jóvenes que aspiraban a alcanzar estudios de Magisterio; albañil para construir una casita al lado de la iglesia; entrenador de fútbol; responsable de un coro infantil; conductor de una camioneta para transportar comida y mercancías desde Jemaní (Rep. Dominicana) hasta el pueblo por la orilla del lago; servir las mesas a medio centenar de ancianos; curar heridas leves y, sobre todo, trabajos manuales, juegos y lecturas con los niños.

Hoy, catorce años después de aquella inolvidable, enriquecedora y fraterna visita, Haití –el país más pobre y abandonado del mundo– está en peores condiciones que cuando lo abandoné: la hambruna, la sed, la malaria, la diarrea, infecciones de todo tipo, la violencia contra las mujeres; la virulencia armada entre clanes para repartirse barrios y territorios, crímenes, y lo peor es que no se vislumbra ni una sola candileja al final del angustioso túnel.

Aquí, en esta tierra solidaria donde nada nos falta, tenemos luces por todos los rincones, un techo, pan que llevarnos a la boca y, en estos días, todo tipo de viandas sobre un mantel blanco. Sin duda alguna que los versos de Calderón de la Barca pueden servir de colofón a lo que queda escrito: “… Y cuando el rostro volvió / halló la respuesta viendo / que otro sabio iba cogiendo / las hierbas que él arrojó”. “… Et in terra pax hominibus et mulieribus bonae voluntatis”. Parte del latín que tú me enseñaste, amada compañera.

¡Feliz Navidad!

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