Después de la muerte: nada o fe
Cuando se habla de experiencias cercanas a la muerte, no se habla de muerte. Se habla de no haber muerto. Todo lo demás es relato posterior, interpretación interesada o necesidad de sentido. Morir no deja margen para volver. Nadie ha regresado de una muerte real para contarnos nada. Quien murió murió. Punto.
Lo que llaman "experiencias" son interrupciones: un apagón incompleto, un sueño forzado, una última sacudida de la mente antes de soltarse. Luego viene el relato, adornado, ordenado, convertido en historia, porque al ser humano le aterra el vacío. La palabra "casi" lo cambia todo. Casi muerto no es muerto. Nunca lo fue.
Cirujanos, médicos, investigadores... muchos hablan, muchos publican, muchos pasan de medio en medio repitiendo lo mismo. No traen pruebas, traen consuelo. Y el consuelo vende. La luz, la paz, la revisión de la vida no son señales de nada: son el último espejismo antes del silencio.
Si existiera otra vida consciente, tendría que tener lógica. Y no la tiene. Pensemos en lo más simple: amar. Alguien ama a una sola persona, la pierde, sigue viviendo y vuelve a amar. ¿Qué pasaría en esa supuesta eternidad? ¿Con quién se queda? ¿A quién pertenece? No hay respuesta que no sea cruel.
Padres que verían a sus hijos discutir por herencias. Amores que se cruzan. Traiciones que no se borran. Errores que no desaparecen. Un cielo que lo observa todo sería un lugar insoportable, no un paraíso. Nadie querría vivir eternamente con memoria completa.
Por eso no encaja. Nunca encajó.
La mente y la personalidad no viajan a ningún sitio. Se apagan. Se deshacen. Como una llama cuando se queda sin oxígeno. Pensar lo contrario es negar lo evidente. Como mucho, si algo existe, será sin recuerdos, sin identidad, sin historia. No "nosotros".
Nada me gustaría más que creer en una segunda oportunidad, en un reencuentro, en una vida con la sabiduría acumulada. Pero eso es deseo, no verdad. Y el deseo no crea realidad.
Si hubiera otra vida, no nos reconoceríamos. Seríamos extraños. Y tendríamos que dar cuentas de todo lo que fuimos. Por eso la idea resulta insoportable y, aun así, tan atractiva.
Con toda seguridad, nadie volverá a ver a quienes se fueron. Ni a quienes se irán. Y si llegaran a verse, no habría consuelo, solo distancia.
Blues. Me duele la cabeza.
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