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La absoluta lealtad, si es ciega, no es virtud, sino renuncia

29 de Diciembre del 2025 - Manuel Ruiz de Bucesta

"Lo más importante en la vida es ser fiel a uno mismo".

Duque de Windsor.

He conocido familias en las que se nace con una obligación silenciosa, cultivada con esmero y transmitida como un legado moral. Es un deber que se instala en el horizonte ético, una liturgia que no necesita razones últimas y que forma una línea invisible que separa el cielo de nuestro inhóspito terruño.

Pasan los años y observo que, cuando una responsabilidad deja de servir al bien que la justificaba, cuando amenaza con causar más daño que provecho, la ética obliga no solo a advertirlo, sino a proclamarlo. En esa tesitura me encontré tras escuchar las palabras de nuestro monarca en la ONU. Podrá alegarse que habló condicionado, pero su adhesión reiterada a la Agenda 2030 hiere la sensibilidad de quienes aún creemos en la vieja sentencia del "noblesse oblige". Hay discursos que, por su tono y compañía, parecen más propios del Gobierno que de la Corona.

Sumario: Los discursos de Felipe VI

Destacado: La Corona debe guardar a la Patria, velar por la integridad territorial y custodiar los valores que nos han sostenido: Dios, España, la tradición y la familia

Y en la ausencia de declaraciones, el mundo contempla en silencio el martirio del pueblo cristiano en África y Europa. Templos incendiados, fieles asesinados y comunidades expulsadas de sus hogares. Se olvida Nagorno Karabaj, se calla el Congo, se pasa de puntillas ante sacerdotes degollados en los altares europeos. Ante semejante panorama, uno esperaba de S. M. una palabra firme, el gesto del soldado justo, una defensa clara de nuestra tradición y de nuestra fe. En su lugar recibimos los ecos de una agenda y una fotografía poco recomendable, fruto quizá de asesores más atentos al protocolo que a la dignidad.

Tampoco ayudaron mucho las risas estruendosas en tiempos de crisis, ni la excesiva familiaridad con quienes hoy gobiernan. La Corona debe guardar a la Patria, velar por la integridad territorial y custodiar los valores que nos han sostenido: Dios, España, la tradición y la familia. Sin duda, quien ocupa el trono tiene que hacerse ver, sí, pero también hacerse valer.

El último discurso de Navidad tampoco disipó inquietudes. Esa cercanía, de algún modo demagógica, diluye la gravedad del momento. Resultó paradójico eludir la inestabilidad y la corrupción que nos asedian mientras se censura a los populistas con un populismo apenas disimulado. Este pueblo suyo, hondamente cristiano, ha echado en falta incluso el portal de belén, primera seña de nuestra identidad y memoria de siglos de resistencia. En Él, en Jesucristo, padre y rey, pilar y significado de la Navidad, se cifra también el sentido de la Corona. Ignoro quién aconseja hoy a S. M., pero, sin duda, yerra.

Pesa, sobre todo, la ausencia de una palabra para nuestros hermanos cristianos que siguen muriendo a manos del fanatismo, más si cabe, porque en tiempos turbios, el silencio se vuelve un reproche. Nuestra historia está escrita con la sangre de súbditos que murieron por su Rey sin esperar más recompensa que un recuerdo de gratitud. Por eso duele ver cómo se repite la historia. Familias que perdieron haciendas, honras y memoria, frente a discursos amables y sonrisas fáciles, con una Corona que amenaza con volverse baldía, rodeada de cortesanos que no interpelan ni sirven a la verdad. Bien parece que todos han olvidado que un trono sin crítica es como un altar sin fe.

No olvide Su Majestad de dónde venimos. La historia nos dejó grabada la divisa de que Roma no paga traidores. Cuídese bien de esos súbditos demasiado fervorosos, de los que sirven con refinada elegancia, y también de aquellos militares sobre los que Ortega y Gasset ironizaba: los generales, generalmente, tienen ideas muy generales. Cuídese bien porque, cuando soplan vientos adversos, suelen ser los primeros en gritar ¡viva la República!, y en mudar, sin rubor alguno, hasta la bandera que dicen venerar.

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