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Villamanín no se queda fuera de esta sociedad interesada

2 de Enero del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Mucho se ha escrito, se escribe y se escribirá sobre el premio gordo de la Lotería de Navidad en Villamanín. Pero lo verdaderamente relevante no es el dinero, sino lo que ha dejado al descubierto: la podredumbre humana. Hasta qué punto el interés personal ha sustituido a cualquier valor colectivo.

Algunos vecinos se niegan a renunciar a una parte mínima de su premio para corregir un error humano cometido por quienes, como casi siempre, son los pocos que trabajan por el pueblo y para el pueblo. Hace unos días no tenían nada; hoy, algunos son incapaces de desprenderse de un poco para que otros cobren lo mismo o, como mínimo, para evitar que todos queden atrapados durante años en un proceso judicial largo, caro y estéril.

La vía judicial no traerá justicia. Traerá abogados, costas, desgaste y menos dinero para todos. Y si hay acuerdo, será previsiblemente a costa de quienes hicieron posible que el premio llegara al pueblo. Un error cometido de buena fe no puede convertirse en una condena ejemplarizante. Estos de la comisión de festejos no pueden quedar sin cobrar nada, ellos hicieron posible todo, sean dignos y repártanlo equitativamente sin dejar fuera a los promotores de traerles este número premiado. Recuerden algo: vivimos solo dos días, solo dejamos aquí lo que damos. No llegar acuerdos entre vecinos no es buscar justicia: se busca castigar, ganar ventaja o satisfacer rencores.

Nada de esto es excepcional. Por dinero se rompen familias y amistades para siempre; incluso por asuntos ridículos, como una estaca mal clavada en un linde, se heredan odios durante generaciones. Luego fingimos sorpresa cuando vemos a los políticos repartirse cargos, sueldos y privilegios. Pero el comportamiento es exactamente el mismo: el interés propio por encima de cualquier principio. La única diferencia es la escala y la impunidad.

Ese modelo se ha normalizado en la política nacional, especialmente bajo el sanchismo y quienes lo sostienen. El mérito ha sido sustituido por el reparto, cuotas, cremalleras, paridad, enchufe, amiguismo, compinche...; la ley, por la conveniencia; la igualdad, por el discurso. Se normalizan aforamientos, indultos y amnistías; se retuercen normas y se compran apoyos con dinero público. Todo se envuelve en retórica moral mientras se vacían de contenido la democracia, la igualdad ante la ley y el Estado de derecho.

Arriba, impunidad. Abajo, consecuencias. Mientras el poder se blinda con bufetes, decretos y privilegios, los jóvenes de la comisión de fiestas de Villamanín afrontan solos un problema que nunca debió recaer sobre ellos. Esa es la desigualdad real: no la que se proclama, sino la que se ejerce.

Nada de esto es casual. Es el resultado de décadas de políticas educativas y sociales que han eliminado los valores incómodos: responsabilidad, límite, autoridad, esfuerzo y consecuencias. Se ha educado en derechos sin deberes; se ha desacreditado a padres, maestros y mayores; se ha confundido proteger con impunizar. En nombre de una igualdad ideologizada, se han debilitado la Constitución, la presunción de inocencia, la igualdad ante la ley y la separación de poderes.

El resultado es una sociedad incapaz de renunciar, de asumir errores o de anteponer el bien común al beneficio inmediato. La generosidad se ridiculiza; el acuerdo se interpreta como derrota; el perdón y la reconciliación se consideran una debilidad. El conflicto se convierte en método y la denuncia en forma de vida. En ese contexto, lo ocurrido en Villamanín no sorprende: encaja perfectamente.

La solución es conocida y simple: acuerdo y renuncia compartida. Perder un poco todos para no perderlo todo. Pero probablemente no ocurra. Como en la política nacional, también aquí se impondrán el cálculo corto, el pleito y el desgaste, aunque el coste sea mayor y el daño irreversible.

Villamanín no se queda fuera de esta sociedad interesada. No es una excepción ni un accidente: es la prueba de que el modelo ha calado tan hondo que ya no necesita poder para reproducirse; le basta con vecinos.

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