Teatro de la torpeza
También yo he convertido el pequeño fracaso en un rito doméstico. No llegar a tiempo a nada, ni siquiera a mis propias expectativas, me parece una forma honesta de inaugurar los días. Me levanto como quien entra en un teatro por la puerta de incendios, fingiendo que todo estaba previsto, que la torpeza es parte del espectáculo.
Desde temprano asumo que las listas se quedarán a medio tachar, que los propósitos se disolverán en la primera distracción, en el ruido blanco de la prisa, en la excusa fácil de un cansancio que no sé de dónde viene. Los cuadernos en blanco, alineados en la mesa, no son una promesa sino un inventario de mis renuncias futuras.
Guardo, como quien guarda semillas secas, las frases que no escribí, los gestos que no tuve, las llamadas que siempre dejo para mañana. Y me tranquiliza pensar que la vida no se mide por lo que logro sino por lo que aplazo: ese temblor continuo de asuntos pendientes que, mientras respire, me seguirá recordando que no he terminado de estar aquí.
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