Botín y máscara
Los imperios ya no necesitan ejércitos visibles. Les basta con la costumbre de mandar, con ese gesto antiguo de quien entra en una casa ajena y empieza a mover los muebles como si siempre hubieran sido suyos. Donde hay petróleo, litio o tierras con olor a riqueza aparece el mismo guion: primero el miedo, luego el enemigo, después la cruzada moral o la guerra y al final el reparto silencioso del botín. Presidentes rodeados de fortunas que no pisan la calle hablan de libertad mientras vacían los mapas. La política imperial se disfraza de salvación, pero huele a negocio. Cuando las ruinas aún respiran polvo, ya hay contratos cerrados en despachos sin ventanas. España no lanza misiles, pero ha aprendido otra forma de asedio. Aquí el poder entra por la puerta de la mentira, por la grieta del titular torcido, por la toga que se cree por encima de las urnas, por el pseudomedio que convierte el rumor en sentencia y la incultura en bandera. No necesitan tanques: basta repetir una calumnia hasta que la verdad se rinda por cansancio. En un lado del mundo se saquea con fuego; en otro, con ruido. El mecanismo es el mismo: crear el conflicto, erosionar la confianza y llevarse la recompensa mientras la gente discute las sobras.
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