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El síndrome del 6 de enero

7 de Enero del 2026 - Álvaro Ponte Blanco (Gijón)

No importa el número de velas sopladas que hayas soplado en tu cumpleaños, el 6 de enero siempre amanece con su característico aroma a nostalgia. Hoy me he despertado casi a las 10, después de tres cuartos de hora de beligerancia con el posponer de la alarma. Como antaño, el primer impulso matutino fue acudir al dormitorio de mis padres al grito de: "¡Ya llegaron los Reyes!". A ellos no les hizo demasiada gracia, pero a mí me encanta tirarle este tipo de guiños al pretérito, y por un fugaz segundo, volver a sentirme como en los tardíos noventa, con la ilusión rebosando los bolsillos del pijama. Aún puedo sentir los nervios en el estómago de la noche anterior, cuando el insomnio todavía era algo entrañable. Por si fuera poco, los Señores de Oriente siempre acompañaban sus presentes con una carta explicándome en detalle cómo me había portado; mal. Yo, tan inocente como siempre, les respondía con otro escrito al día siguiente. Siempre me dejaban en visto, pero mantener una relación epistolar con los Reyes Magos me hacía sentir especial; su niño mimado (realmente lo era).

El 6 de enero de aquel 2002 fue muy distinto. Mi cráneo ya empezaba a darle demasiadas vueltas a la cabeza, y tras múltiples indicios sospechosos, comencé a darme cuenta de que algunas piezas no encajaban en el puzle de la Navidad. Las dudas devoraban a mi pequeño yo, y mi obsesión por entenderlo todo no ayudaba en demasía. Recuerdo aquella tarde, cuando mi madre entró a mi habitación a organizar el caos del papel regalo, sin ser consciente de la tormenta que se presagiaba. Como el que busca la verdad con un terrible miedo a encontrarla, comencé a disparar preguntas entre la insistencia y el temor: "Mamá, ¿existen realmente? Por favor, ¡dime la verdad!". Su respuesta era sólida, pero una solidez cada vez más titubeante. Un titubeo que me asustaba. A la enésima vez, derribé el muro: Álvaro, tienes razón. El mundo de repente se paró. En ese instante solo deseaba que alguien se asomara entre atrezo con una cámara oculta y cortara por lo sano esta broma macabra. Pasaron los segundos, los minutos y la vida, y no vino a salvarme nadie. Ahí estaba, impoluta ante mis ojos, mi primera decepción. ¡Joder, es increíble cómo nos marcan las primeras veces! Aún recuerdo ese vacío en el estómago al enterarme de todo el tinglado. La cabalgata, el vaso de leche... hasta las malditas cartas eran parte de ese teatro macabro. A mis 7 primaveras, no fue sencillo comprender que el mundo entero conspiraba en nuestra contra. ¿Cómo había vivido tanto tiempo en una mentira?

La siguiente Navidad fue fría. La verdad es tan reconfortante como ruda al tacto, y nunca sabe uno si está preparado para enfrentarse a ella. Los días previos a las vacaciones fueron extraños en el colegio, y no sabía cómo actuar. Me había convertido en un actor más de esa película de ciencia ficción. De víctima a verdugo. En el patio, buscaba la mirada cómplice de los que ya conocían la realidad, y nos reuníamos en petit comité para comentar nuestro secreto como los Illuminati. Presumíamos de nuestra madurez mirando al resto con desprecio, regodeándonos con la superioridad de quien se cree poseedor de la verdad. Pero por dentro era otra historia. Jamás lo hubiera reconocido, pero envidiaba a mis amigos que seguían creyendo en la magia de los Reyes. Ellos sí que seguían tachando, con la ilusión intacta, todos los juguetes de aquellos catálogos interminables. Puede que sea mentira, pero una dulce mentira. No había dejado de ser niño y ya soñaba con volver a serlo. Apenas 8 otoños y ya reflexionando, obviamente sin ser consciente de ello, sobre el color de la píldora en las manos de Morfeo.

A lo largo de la vida, todos hemos tenido que enfrentarnos en varias ocasiones a mi 6 de enero. Esa dolorosa sensación de que la felicidad se aleja fugazmente por el mismo derrotero que la inocencia, persiguiendo su estela; y ya nada puede volver a ser como antes. Durante nuestro proceso de transformación en seres adultos, vamos descifrando que la vida no es tal como nos la habían contado. Que por mucho que cerremos los ojos con fuerza, el mundo sigue estando ahí fuera y lo de vivir en una mentira está a la orden del día. ¿Quién no se ha sentido alguna vez Truman golpeando con rabia el decorado?

A veces, me pregunto si se puede disfrutar de la magia con la misma ilusión una vez que ya intuyes el truco. Si la Navidad siguiente a aquel fatídico 2002 podría llegar a abrir los regalos con la ilusión indemne de un niño. Si el hecho de comprender la realidad implica dejar de disfrutarla. Pues no lo sé, la verdad, ojalá que no. Me gustaría pensar que no. Quizá la felicidad tan solo sea eso: disfrutar de la peli aunque sepas que puede que todo sea una ficción, que se puede terminar, y si después llegan las vacas flacas, aprender a bailar con la verdad... y abrir los regalos con la ilusión intacta.

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