La pedagogía del ruido
Estos días un extorero, envuelto en una retórica patriótica tan ruidosa como vacía, pedía a Donald Trump que actuara en España como lo ha hecho en Estados Unidos. No sabe de política, ni de historia, ni de educación, pero domina un arte mucho más inquietante: convertir el grito en argumento y el resentimiento en consigna.
Al mismo tiempo se repite que los estudiantes solo deberían aprender lo que es útil para el mercado laboral. Conviene recordar que también los señores feudales enseñaban a sus siervos lo necesario para arar, segar y obedecer. Nada más. Una escuela que se limita a producir mano de obra no educa: domestica. Conocer no es servir mejor, es pensar en libertad.
María Zambrano habló de la necesidad del "tiempo que no alberga ningún suceso". Hoy vivimos en el secuestro permanente de la atención: vídeos de segundos, historias que se evaporan, estímulos que se atropellan hasta vaciarnos por dentro. Nos prometen conexión y nos devuelven aislamiento.
Por eso quienes desprecian la filosofía, la contemplación o el pensamiento lento no atacan lo inútil: atacan la libertad que nace cuando alguien se detiene, mira y se pregunta por qué el mundo es así, y ese es el peligro real para los agitadores del ruido.
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