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La Navidad de nuestra infancia

9 de Enero del 2026 - José Luis López Tamargo (Oviedo)

La Navidad es un fuego de chimenea en el hogar, unos recuerdos de cuando íbamos a ver a los tíos y ardía la leña del hogar. Las amas de casa y mujeres se ponían manos a la masa y hacían dulces y preparaban manjares, a los niños se nos daba propinas para ir al cine del barrio. Navidad es nacer a la vida, sentir que estás vivo porque eres capaz de sentir la vida como algo bueno, sentir incluso algo maravilloso en los dulces cotidianos. La vida es amar y sentirse querido, creer en sueños de realización de algo, de la manera más amorosa, llena de experiencias bellas, humanas, libres de todo mal que haga sufrir. Recuerdo a las niñas que hacían muñecos de nieve y les colocaban bufanda, escoba, zanahoria o una pipa. Lo importante era la alegría.

Cuando mi padre me ponía las canciones de Gabi, Miliki, Fofo y Fofito. La Navidad yo la asocio con cuentos de Perrault y los Hermanos Grimm, con un reino ideal como de Princesa Griselda o Reina de las Nieves -que no se halla en los mapas-, con aquellos muñecos Madelman de barba castaña, con salacot, uniforme de explorador, esquiador, con un mundo de Fort Apache y regalos educativos, donde la mesa se adornaba y mi padre nos grababa cantando canciones infantiles con lengua de trapo y diciendo bobadas surrealistas de crío tan balbuceante como atrevido en la imitación de los peces, Miguel Bosé o los programas de Valerio Lazarov. En mi casa había árbol verde de Navidad y belén; las Navidades en aquellos años 70 eran también manifestación del sentido familiar, de que el Niño Jesús había nacido en una familia.

Hoy estamos empeñados en la cancelación y la expulsión de la magia infantil del mundo, me refiero a las magias buenas de trasgos, hadas, brujas buenas, guías arquetípicos sabios, cuentos universales donde las calabazas se convierten en carrozas reales y hay paz, una cierta equiparación de todos los seres humanos, desde mensajes bienhechores de fraternidad y unión, por encima de un mundo de luchas odiosas, aislamientos y emociones negativas hostiles que no nos dejan vivir ni convivir, que es lo significativo para los seres humanos civilizados y evolucionados. Recuerdo que busqué la palabra "morral" porque los pastores que iban a adorar a Jesús lo llevaban, y me encantaba comprar tarjetas navideñas; recibíamos más de veinte postales navideñas de amigos y los familiares, hoy ya nadie escribe cartas de amor ni Christmas; despersonalizados, todo se despacha con un correo electrónico o un guasap. A mí nunca me gustó comer conejo, me daban mucha pena los ojos acuosos vidriosos del roedor; siempre me acuerdo de la típica sopina de marisco bien preparada, de los entremeses ricos variados pero apañaditos, de pavo o pitu caleya, cordero o besugo, lubina al horno, pero de lo que se trataba era de dar besinos a los abuelos sin parar y soñar, en aquel mundo de cocinas de carbón y espumillón en el árbol, con mundos de Reyes de Oriente, un tiempo fuera del tiempo y del espacio que parecía parar todos los ritmos y donde éramos protegidos por nuestros mayores, gente sencilla pero amorosa, cariñosa, que nos preparaba arroz con leche requemao, casadielles, torrijas y hablaba en bable natural. Aquellas Navidades no eran nada forzadas, a mí me gustaba mucho leer, y me traían algún lote de libros juveniles, libros amenos y tebeos, de "Los Cinco", libros de ciencia y explicativos del mundo. Las madrinas existían, y yo tenía una que me compraba libros que yo mismo elegía, con mucha ilusión y ojos abiertos por saber y descubrir, explorar el mundo en atlas, libros enciclopédicos juveniles educativos amenos. Las niñas patinaban con los patines, que nunca faltaban, a mí me trajeron un año los Reyes una raqueta de tenis y un Scalextric. Lo guapo era que parecían días mágicos, pues todo el mundo se deseaba lo mejor con ilusión. Recuerdo a mi hermana cantando "río verde", jugando a las palmas y muñecas, con aquellos ponchos que estaban de moda, como salidos de una actuación de Jarcha y de Quilapayún. Soy asturiano y de una época de casetes, turrones, sidra: mi padre me ponía cuentos narrados con una dicción muy esmerada y grata de "El gato con botas", "Los tres cerditos" y el lobo que soplaba, enseñando la patita para que le abrieran la puerta. La Navidad es la infancia. En Gijón estaba Mercaplana, con coches de choque y "barracas" o atracciones de feria recreativa como "El pulpo". Me encantaba el tren de la bruja o el castillo encantado.

La Navidad asturiana siempre fue "El portalín de piedra", de Víctor Manuel, y belenes de temática asturiana, con hórreos con panoyas y sidra El Gaitero. Para los de ambiente y vivencia católicas, era usual ir a besar al Niño Jesús, a Simago... Había recepción entronizada de los Reyes Magos a los niños en grandes almacenes, como Alpelayo y Botas, había barquillos de miel en el Campo San Francisco, muñecas Famosa, Nancy, las chicas leían Esther, "Los Cinco", novelas para chicas, pedían mucha más ropa y bisutería, perfumería un poco más cara y selecta de lo habitual, de París.

Para los chicos primaban las pistolas de juguete, los juegos de mesa, muñecos clicks, Juegos Recreativos Geyper, algún juego de química, balones de fútbol, ropa, dinero y la pertinente carta a los Reyes Magos con aquellos sobres tan regios y vistosos que parecían de verdad.

La Navidad es recuerdo emotivo siempre por los que ya no están, el agradecimiento por haber tenido y tener un hogar cálido y entrañable, la afectiva vivencia de algo que debe nacer en el corazón, congelado, de piedra, resentido, cerrado por egoísmos y miedosas corazas, que ya ni siente ni padece, ni cree feliz ni confía en un mundo más próspero y rico, sí, pero ante todo mucho más humanizado. Donde lo español común a toda familia española, con sus matices regionales, sea valorado en sus tradiciones y en lo mucho andado para mejorar en bienestar, porque siempre hubo gente que nos crio, nos cuidó, nos alentó y nos dio protector cariño. Las Navidades se dan en el invierno, que sintamos pues al "grillo del hogar" de Dickens, villancicos también en español, por supuesto, y también alguno en bable, que dejemos de ser el Mr. Scrooge avaro, soez y mezquino, amargado y frío, durísimo, en el que nos hemos convertido, irremediablemente cínicos y calculadores. Seamos sol templado que anuncie todas dulzuras, todas las auroras y bienes generosos para una humanidad de cultura, paz, abundancia, solidaridad y democracia compasiva.

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