Los todólogos y la ordinalidad
Tanta insistencia y tanta maña se gastan los tertulianos a la hora de abordar el panorama internacional, que hoy me he despertado hablando groenlandés y he llegado a la panadería marcándome un bailecito al estilo de Trump. Deberíamos pescar más en ese caladero de sabios que citan a Tucídides, a Ángel Ganivet, a Sun Tzu y luego te hacen la O con un canuto sin despeinarse. Tengo por seguro que levantarían el país en cuatro días y devolverían el lustre y la importancia a la diplomacia española. Que aquí, si bien hemos tenido personajes de todo tipo al frente del cortijo (dueños de bodeguillas, aznares, rajoyes, bobos solemnes que se convirtieron en zorros y últimamente doctores más falsos que el Rosado), sabios, pero sabios de verdad, de esos que te explican cómo es el Helicoide por dentro o traen a colación a César y Vercingétorix para explicar la captura de Maduro, pues, digo, no ha habido ninguno que se atreviera a llevar las riendas, quizá por lo mal pagada que estuvo siempre la función pública. Pero los todólogos no están por la labor, sospecho yo, y prefieren ver los toros desde la barrera, seguir dando la paliza en la tele, debatir sobre el sexo de los ángeles y no mojarse el culo bajo ningún concepto, aunque sea para hacerle un favor a la patria. Bien mirado, esa idea platónica de que los filósofos deben gobernar y los gobernantes hacerse filósofos es una quimera, a pesar de que la estemos rondando con paleontólogos repartiendo premios de novela y ministras de Hacienda dando discursos sobre la ordinalidad dignos de un Ortega y Gasset. Si alguno ignora el significado del término "ordinalidad" siempre puede acudir a su sabelotodo de cabecera y, además de parlotear en groenlandés y mover el esqueleto como Trump, acabará entendiendo el sablazo de la financiación autonómica y sabiendo más de economía que Niño Becerra.
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