Recuerdo de un Concierto
Había asistido durante muchas temporadas a los conciertos del Filarmónica y del Auditorio. Hasta que la noche se alió con el calendario y empezaba a hacerse peligroso volver a casa. Con todo, le daba pereza y pena darse de baja. Abandonó cuando se presentó el covid.
El día de los Inocentes, qué casualidad, se coló con estruendo un mensaje en el "telefonín". Era una invitación para el Concierto de Año Nuevo en el teatro Campoamor.
La tertulia de las puertas del teatro estaba muy animada: las rebajas, el frío, el Oviedo "va danos un disgusto…"… Como las conversaciones tenían siempre la misma melodía y pocas variantes en la letra, la joven Esperanza, la estudiante que vigila la entrada y salida del teatro, no prestó atención: siguió ojeando carpetas y ordenando libros, indiferente, tranquila, serena. Así desde 1998. Y allí sigue, junto a la farola, aburrida, esperando algo más elevado que el tiempo, las rebajas o el Oviedo.
Por fin, los asistentes pudieron entrar. Subieron los dos peldaños de acceso. Traspasadas las puertas, la conversación cambió la letra y fue bajando de intensidad hasta que enmudeció. Unos ya iban con abrigo en el brazo, como señal de aproximación a su plaza, a la vez que saludaban a algunos amigos de la butaca de delante porque hacía mucho tiempo que no se veían, a lo mejor, desde el último concierto. Otros no se habían ocupado de coger un programa. Era igual. No pasaba nada. Lo importante era que tuvieran buena acogida en el oído. El teatro estaba lleno hasta la lampara. Al poco tiempo empezó a oírse la pausada, solemne y tranquila llegada de los compositores, que habían venido a Vetusta desde las cuatro esquinas de Europa. Y también de España.
Los músicos se sentaron. Los instrumentos reposaban junto a ellos hasta la hora decisiva. El tétrico gris del escenario fue cambiando de color con cada título. La presencia de los violines le recordó su infancia, cuando la música de este instrumento ocupaba toda la casa las tardes de los domingos: Schubert, Boccherini, E. Grieg, Veiga, Albéniz, Granados…
La directora, sonriente, nerviosa y decidida, salió, con la batuta (del latín "golpear") en la mano derecha. Subió al pódium y saludó. A un gesto, la orquesta empezó a leer y traducir las partituras de cada creador con ánimo, brío y entrega. Solo tomaban aliento donde este había señalado.
La "Leyenda del beso" le agradó por ese cambio de modo entre la primera y segunda parte. Seguramente que fueron las responsables unas notas traviesas, revoltosas y saltarinas que esperaban su momento para facilitar el cambio.
Notó cierto vacío cuando se presentó el "Intermedio" de "La boda de Luis Alonso". Le pareció ver, al lado de la directora, a Lucero Tena, señora de las castañuelas. Sentimiento, energía, expresividad, decisión, elegancia… Mientras seguía soñando con la mexicana-española, el programa llegó al fin y los compositores se retiraron. La directora bajó del pódium de nuevo, con gesto de cansancio. El público aplaudió, pero sin moverse. "Falta la propina", pensaban. La directora, con una sonrisa enorme, volvió al escenario. Pero no venía sola. La seguía Johan Strauss, que estaba acompañado por el Mariscal Radetzky, vencedor de mil batallas. Brillantes y acompasados aplausos, cuya fuerza aumentaba o disminuía, según las indicaciones de la batuta. Era todo ritmo y alegría en el público. El concierto acabó con una ovación interminable.
La directora se despidió, inundada de aplausos, satisfecha de haber conducido al Mariscal y a los demás compositores a donde se merecían, que era la buena acogida que les ofrecieron los vetustenses.
Esperanza seguía junto a la farola repasando, sin pestañear, apuntes y ojeando libros, indiferente a los comentarios que salían del Campoamor.
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