Groenlandia, un problema global
Vivimos tiempos convulsos, creo que cada vez son menos los que lo discuten, pese a todos los intentos de entender la realidad como algo idílico y siempre bien intencionado.
La todavía primera potencia mundial, los EE UU, ha entregado el poder presidencial a Donald Trump. En este punto es conveniente aclarar que en el sistema político estadounidense el presidente no es elegido por el Parlamento sino en unas elecciones diferentes en las que se vota exclusivamente a la presidencia y en consecuencia, coherentemente con ese modelo electoral, el presidente de los Estados Unidos goza de unos poderes propios impensables en Europa y semejantes a los de los reyes absolutos del Antiguo Régimen.
Pues bien, el último objetivo de Donald Trump y su Corte es hacerse con la isla de Groenlandia, hoy administrada por Dinamarca, miembro de la Unión Europea y de la OTAN.
Hagamos un brevísimo repaso a la historia de la expansión territorial de los Estado Unidos de América:
Compra de Luisiana a Napoleón en 1803 (2,1 millones de kilómetros cuadrados, gran parte de ellos españoles hasta la huida de Carlos IV a Francia), compra de la Florida a España por el tratado Adams-Onís en 1821, todavía no han pagado; compra de Alaska al Imperio Ruso en 1867, y la guerra EE UU-México 1846-1848, que terminó en el tratado de Guadalupe-Hidalgo, por el cual México cedía la mitad de su territorio incapaz de defenderlo, territorio que obviamente antes de la independencia de ese país era territorio español dentro del virreinato de Nueva España.
Dejando a un lado la cuestión de las tierras raras indispensables para las NN TT y el posible petróleo y gas, el interés parece fundamentalmente estratégico
Una vez vistos los antecedentes vamos a los hechos.
La administración Trump quiere quedarse con la mayor isla del mundo, Groenlandia, y plantea distintas opciones, desde la intervención militar a una nueva compra.
¿Por qué este interés imparable? Dejando a un lado la cuestión de las tierras raras indispensables para las NN TT y el posible petróleo y gas, el interés parece fundamentalmente estratégico.
En este periodo de calentamiento planetario que nos toca vivir, las aguas del Ártico serán navegables cada vez más tiempo durante al año y Estados Unidos quiere controlar ese tráfico, que en caso de generalizarse convertiría el canal de Panamá en un artilugio inservible.
Para ello la Administración Trump está dispuesta a hacer saltar todas las alarmas del Derecho Internacional.
Aquí en Asturias nuestros exploradores regionales mantienen que Groenlandia no es Dinamarca, es decir, Europa, ni Estados Unidos, sino que es una nación indígena.
Una solución digerible para todos podría ser establecer para administrar la isla de Groenlandia, un sistema similar al que está vigente a día de hoy en la Antártida, regido por el Tratado Antártico, que la designa como una reserva científica para fines pacíficos, congelando reclamaciones territoriales y promoviendo la cooperación internacional, limitando y posponiendo las aventuras del nacionalismo desaforado en el tiempo y en el espacio.
Nadie sabe cómo será el planeta dentro de 25 años.
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