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En 2026, ¿por qué no habría diez días que estremecieran el mundo?

19 de Enero del 2026 - Mario José Diego Rodríguez (Gijón)

Apenas acabado, y ya algunas horas en el siguiente, una evidencia se impone: para los capitalistas, 2025 ha sido un buen año en general, y para los del Ibex35 en particular. Este cierra 2025 como nunca lo hizo desde hace 32 años, al revalorizarse un 49,27% y superar los 17.000 puntos, siendo así el más rentable en Europa, según los analistas de mercados.

Según el estudio del banco suizo UBS -del que ya hablé para señalar las 32 personas españolas mil millonarias- a nivel mundial habla de 287 personas más. Los 2.900 multimillonarios del planeta pueden brindar por la salud de la Bolsa, esta termina el año por todo lo alto. Los valores especulativos como el oro y la plata, pasando por las empresas de inteligencia artificial, superan rendimiento tras rendimiento.

El mundo se encamina a pasos de gigante hacia una guerra generalizada, como si los millones de muertos ocasionados por los conflictos sangrientos locales que se desarrollan en el planeta no fuesen aún suficiente; como si los que padecen hambre, los que viven sin techo, los que viven expuestos a enfermedades resurgentes u otras nuevas tampoco lo fuesen.

Son fortunas las que se gasta en construcciones faraónicas, ya sean rascacielos cada vez más altos, puentes cada vez más largos, hoteles de superlujo en cuyas fachadas la cantidad de estrellas ya no caben, con lo cual son innecesarias, o en compras de islas paradisiacas; privadas, naturalmente. Mientras, la pobreza, hambruna, catástrofes ambientales y miseria van ganando terreno en el planeta, y son sus víctimas las que las pagan doblemente: una vez por sufrirlas, otra sufragando los gastos que ellas ocasionan.

Los miles de millones que acumulan esas 2.900 personas son fruto de la explotación de la clase trabajadora, y, mientras ese puñado de parásitos saborea el champán, la mayoría de la población está condenada a una lucha permanente por su supervivencia.

El ruido de los sables, de las orugas de los tanques o la probable incorporación a filas como telón de fondo es consecuencia de la guerra económica que se libran los grandes grupos capitalistas.

En los países ricos, imperialistas de segunda o tercera zona como es el Estado español, si aún no nos enfrentamos directamente a los estragos de la guerra, las rivalidades internacionales ya están afectando las condiciones de trabajo y la precariedad de la clase trabajadora. Se multiplican los despidos, ERES o ERTES.

El capitalismo es un cáncer para la humanidad, no obstante, la clase trabajadora ofrece otras perspectivas. Desde que existe la explotación, sus víctimas se organizan para combatirla. En todo el mundo, sus luchas, grandes o pequeñas, han sido a menudo las que cambiaron el curso de la historia.

El hecho de estar condenada a aguantar las vejaciones por parte de los que deciden si les dan o le quitan su trabajo, en definitiva, su medio de subsistencia no es ineluctable. La esperanza de un mundo libre de explotación, guerras y relaciones de dominación recae en ella, puesto que sin ella la sociedad dejaría de funcionar. Por eso cambiar el mundo solo puede venir de nuestro propio campo, el de la clase trabajadora, siempre y cuando tomemos conciencia de la fuerza que representamos y de nuestros propios intereses.

Nos guste más o nos guste menos, la emancipación de la humanidad sigue siendo una perspectiva que solo la clase trabajadora puede hacer realidad apoderándose de los medios de producción. La sentencia de Marx y Engels expresada en el "Manifiesto del Partido Comunista" (1848) sigue vigente hoy en día: «Los proletarios no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar».

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