¿Es clasismo o solo ruido?
En 2015, un tuit atribuido a un conocido exministro hacía saltar las alarmas. En él se instaba a cuestionar si el esfuerzo de un determinado grupo sanitario merecía la misma recompensa que el de la llamada casta médica. Aunque nunca se confirmó la autenticidad de este tuit, sí logro reactivar una retórica que llevaba años olvidada: la de la lucha de clases. Los acontecimientos posteriores nos han mostrado otra realidad, pero no quiero hablar de política, que cada cual saque sus propias conclusiones. Esto que había quedado en el olvido ha vuelto a ponerse de moda desde que decidimos decir basta y reivindicar lo singular de nuestra profesión. Eso sí, ahora no se habla de casta, sino de clasismo.
Si tengo que dar mi opinión, no veo nada distinto a lo de siempre. Los que ostentan algún tipo de poder o influencia recurren a mantras muy manidos para obtener un beneficio que casi nunca es colectivo. Y sí, me refiero a los sindicatos, donde la representación médica brilla por su ausencia.
Pero para ponernos en contexto conviene recodar que significa la palabra clasismo. Clasismo es una forma de discriminación basada en la creencia de superioridad por pertenecer a una clase social más alta, manifestándose en el desprecio o trato desigual hacia quienes se consideran de clase baja, lo que genera prejuicios y barreras sociales. Puede ser individual (prejuicios personales) o estructural (sistemas que perpetúan la desigualdad).
"Los médicos somos unos clasistas", dicen. Pero si clasismo es un sistema que perpetúa la desigualdad, ¿no es precisamente a los médicos a quienes más castiga la estructura sanitaria actual?
Para empezar, habría que recordar a los que tanto se ofenden porque reclamemos una reclasificación profesional justa y nos acusan de haters que la medicina es la única profesión que exige entre once y once años de formación. Y aunque esto ya debería ser suficiente si prevaleciera el sentido común, también hay que señalar que dicha formación tampoco es equiparable a la de otros colectivos sanitarios, puesto que ni las competencias ni la responsabilidad son las mismas.
Cuando el sistema fracasa -por demoras en las consultas, en las pruebas complementarias o en las intervenciones-, es el médico quien da la cara, quien se ve obligado a dar las explicaciones pertinentes, asumiendo la responsabilidad en la gestión de unos recursos que no le corresponde. Ningún otro profesional soporta esa carga, y los médicos llevamos años haciéndolo en silencio, convencidos por vocación de que era nuestro deber con el paciente.
La lista continúa: guardias obligatorias hasta los 55 o 56 años, desplazamientos forzosos para cubrir puestos sin facultativos por la falta de personal, y una gestión nefasta de recursos humanos, agendas saturadas sin tiempo para una atención de calidad y un largo etcétera.
Todo esto debería ser ya conocido, al igual que el hecho de que todas estas condiciones nos generan frustración, nos desgastan y nos llevan a replantearnos la profesión.
Se nos acusa de clasismo, pero la realidad del día a día es bien distinta.
Después de casi dos décadas de ejercicio profesional y por más que existan excepciones, lo que yo veo es trabajo codo con codo. Especialmente durante los años de residencia o como adjuntos jóvenes, muchos de nosotros nos apoyamos de forma habitual en la experiencia de nuestros compañeros y compañeras de enfermería para la toma de decisiones.
Esto no es clasismo. Es trabajo en equipo. Sin embargo, nunca he visto tanta inquina ni tanto empeño en demostrar lo contrario. Más aun, que este discurso cale en los profesionales más jóvenes, que difícilmente pueden haber recibido un trato desigual o despectivo.
Insisto, siempre habrá excepciones. Lo que existe en el día a día es colaboración, trabajo en equipo, cada uno con sus funciones y su responsabilidad, y apoyo mutuo para sobrevivir en un sistema colapsado en un intento por ofrecer una asistencia de calidad: la que todos merecemos cuando la salud nos abandona. Todo lo demás es ruido premeditado para abrir una brecha que no existe, enturbiar el debate y revolver el río para que, como tantas otras veces, acaben pescando los de siempre.
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