La tercera categoría
Roberto Casanova es un italiano que vive en el pueblo desde no hace mucho. Todas las mujeres lo adoran. No sé muy bien la razón; supongo que por ser italiano. Pero el caso es que lo idolatran. Y no solo las de aquí, las del pueblo. Su atractivo se ha hecho conocido y parece haberse difundido por toda la comarca. Él no es ajeno en absoluto a tales sensibilidades femeninas. Y hace honor a las connotaciones de su apellido adornándose de unas maneras plenamente delicadas. Se tiene a sí mismo por todo un caballero. Algo que corrobora, gustosamente sin duda, la mayor parte del censo femenino lugareño. Con la sola excepción, probablemente, de algunas celosas algo neuróticas; también aquellas casadas que pretenden seguir siendo consideradas como esposas virtuosas.
Hace unos días, por la tarde, mataba mi tiempo en uno de los bares del pueblo mirando fugazmente a la clientela; de forma disimulada escuchaba sus ocurrencias, mientras un tanto absorto hacía girar en mi mano un chato de Valdepeñas.
La figura estilizada de Roberto Casanova y su pelo claro, recogido en la nuca, a lo Cobain, se recortaron en el trasluz de la puerta recién abierta de la hostelería. Miró un instante el interior, pero no a los concurrentes. Advertí que sólo buscaba elegir sitio. Se aproximó a la mesa contigua a la mía y me hizo un gesto leve con el mentón, a modo de saludo contenido.
Raquel se aproximó enseguida, toda sonrisa y obsequiosidad. Es una mujer joven, de figura imponente y amabilidad natural, no forzada; como no abunda entre la gente que trabaja muchas horas tras la barra de un bar. Casanova se puso de pie en el acto, como si un innato comportamiento de caballerosidad estuviera somatizado en algún lugar escondido de su anatomía, como un resorte que le obligara a tener esa clase de deferencias. Raquel se derritió en su propia vanidad.
"¿Qué pasa, Roberto, es que te gusto?", dijo en tono cantarín y muy segura de sí misma. "Amo tutte le donne; sono tutte bellissime". "Si sabes tanto de mujeres, podrás puntuarme. Venga, a ver, de cero a diez...". "Non posso. Ho bisogno di sapere la categoría". "¿Cómo... saber la categoría? ¿Qué categoría?". "Ci sono tre categorie per il punteggio". "¿Tres para la puntuación? ¿Cuáles?". "Sono donna vestita, donna nuda e l'altra". "Bueno, vale. Tú puntúame vestida, porque no esperarás que me desnude para ti...".
Al momento el bar al completo se puso pendiente de lo que se estaba tratando en la mesa, a mi lado. Repentinamente se había experimentado una subida de tensión de tal intensidad que toda charla en el establecimiento había sido arrasada; como barrida por la frialdad mortal previa a un duelo de pistoleros.
La voz profunda de Casanova sonó entre la expectación de los bebedores...
"Vestita: otto". "Vaya, no está nada mal", dijo alguien desde la barra. "Pues yo te lo subiría a sobresaliente, Raquel, pero conste que soy juez de la segunda categoría", gritó un medio borrachín desde una mesa, al fondo.
Raquel se sintió azuzada por el ambiente cargado y se enfrentó al italiano retadora.
"Entra ahora mismo conmigo al office, que vas a ver cómo en la segunda categoría me subes la puntuación". Casanova se levantó con parsimonia y miró alrededor, dominante, antes de empezar a andar. Los rostros de los vecinos eran ansiosos o impacientes, pícaros, de admiración; como una muestra de diversos lienzos hiperrealistas, en los que apareciera la fiel representación de las interioridades de cada uno de ellos, los sentimientos que albergaban...
"Pero un momento...", dijo Raquel interrumpiendo su caminar hacia el office. "Dirai, ragazza...", se paró también Casanova. "Sí, sí, diré..., te voy a decir... ¿cómo puedo saber que no me negarás ahora la máxima puntuación... y así tener tú la posibilidad de puntuar de nuevo para la tercera categoría?".
Se oyó otra voz de borracho...
"Eso, eso, miradme, que yo soy juez de la tercera categoría".
Raquel fulminó con la mirada al que había hablado.
"¿Qué es la tercera categoría, señor juez?".
El juez borracho de la tercera categoría dijo...
"Y yo qué sé... ¡Pregunta al tedesco!".
Raquel miró inquisitiva a Casanova.
"¿Y bien?".
Él dijo cálidamente...
"Il punteggio per fare l'amore, tesoro".
Raquel se le acercó; indignada apretó la mandíbula. Le hizo un gesto de asco que significaba inequívocamente: "Ni lo sueñes".
Se aproximó algo más y escupió con voz tranquila y grave...
"Il gioco è finito".
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

