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No fue la velocidad, fue la responsabilidad

21 de Enero del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Cuando hay avisos ignorados, mantenimiento deficiente y nadie asume culpas, no hablamos de fatalidad: hablamos de fracaso del mando y del poder.

Hay quien dice, como Pedro Ruiz: «¿Es necesario viajar a 350 km por hora? Estamos locos. En Oriente se dice que la prisa es un invento del diablo». No estoy de acuerdo. O mejor dicho: que cada cual elija el medio de transporte que más se ajuste a su personalidad y a su idea de confort. Quien no quiera volar puede ir en tren. Quien no quiera tren puede ir en coche a 120. Y quien lo prefiera siempre puede volver al burro o ir caminando. Allá cada cual.

Pero un tren de alta velocidad, sometido a inspecciones técnicas rigurosas y con responsables claramente identificados, no debería descarrilar.

Es cierto que nadie está completamente a salvo de un accidente, ni siquiera dentro de su propia casa. Sin embargo, cuando existen avisos previos, incidencias reiteradas y una falta evidente de mantenimiento, ya no hablamos de fatalidad, sino de responsabilidad.

Y aquí conviene insistir: dejemos de romper techos de cristal artificiales y de repartir el poder, la dirección o el mando por cuotas, paridades, cremalleras o amiguismos. En los puestos de responsabilidad deben estar los y las mejores, elegidos por mérito, capacidad, preparación, experiencia, criterio y personalidad, y dispuestos a asumir las consecuencias de sus decisiones.

Se nota perfectamente cuando al mando hay alguien incapaz: nada funciona y la culpa siempre acaba siendo huérfana. Es fácil cobrar, tener influencia y notoriedad por un cargo que no se merece; pero cuando en tu sector ocurren tragedias, accidentes sin causa clara, listas de espera interminables o una incapacidad manifiesta para dar bienestar a quienes te debes, lo responsable es irse antes de que te echen.

Con este Gobierno, no funciona nada: se pone en duda la sostenibilidad de las pensiones.

Los salarios no llegan. La cesta de la compra -alimentos, medicinas, carburantes, luz, vehículos, seguros- sube sin retorno posible.

El turismo invasivo solo genera salarios de propina. La inmigración sin control campa a sus anchas, añadiendo inseguridad y saturando servicios públicos para los que muchos no han contribuido: trenes, aeropuertos, carreteras, viviendas, hospitales, ambulancias, policías, médicos. Un despropósito generalizado.

Hay inundaciones en Valencia y el Gobierno pasaba por allí. Se queman los montes y el Gobierno pasaba por allí. Hay apagones generales y el Gobierno pasaba por allí. Descarrilan trenes y el Gobierno pasaba por allí. No hay vivienda accesible, el trabajo es precario, la cesta de la compra sigue subiendo, y el Gobierno continúa pasando por allí.

Nos lo están diciendo a la cara y todavía no lo captamos: no han hecho nada, salvo aferrarse al poder. Han recaudado como nunca y han dejado que todo se deteriore por sí solo: vías, trenes, montes, pueblos, ganadería, agricultura, industria, seguridad, democracia, igualdad ante la ley, tribunales, jueces, periodistas, medios, educación, sanidad. Todo es cuestión de tiempo para verlo empeorar.

La situación política en España -y en buena parte del mundo- es decadente. No es una crisis coyuntural, es una erosión lenta causada por la obsesión por conservar el poder y el mando.

Se nota incluso en la educación: ya nadie suspende. Se reparten sobresalientes para evitar frustraciones, sacrificando la exigencia. ¿Qué adultos estamos formando?

Se llega incluso a escuchar que no se puede exigir responsabilidad a los hijos porque nadie pidió nacer. A ninguno de nosotros se nos pidió permiso. Pero nuestros padres y abuelos respondieron: trabajaron, educaron, cuidaron de los suyos y asumieron deberes sin delegarlos en el Estado ni exigir aplausos.

Ese mundo es el que viene. Ese mundo ya está aquí. Yo, sencillamente, me bajo en marcha.

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