Sanidad pública: servir o despido
Leo la carta al director en LA NUEVA ESPAÑA de Cristina denunciando la falta de atención sanitaria a su padre. No es un caso aislado. No es una excepción desafortunada. Es la norma. Es el resultado directo de años de dejación, cobardía política y una gestión que ha convertido la sanidad pública en una estructura ineficaz, deshumanizada y peligrosa.
Lo verdaderamente intolerable ya no es que la sanidad falle. Es que se haya asumido como algo normal. Que lo aceptemos resignados. Y que quienes tienen la obligación legal y moral de garantizarla -gobiernos autonómicos, consejerías de sanidad y ministerios- sigan parapetados tras estadísticas maquilladas, discursos vacíos y una irresponsabilidad que cuesta vidas.
Hoy el nivel de degradación es obsceno: damos gracias porque alguien descuelgue el teléfono. Ese es el estándar. Ciudadanos que renuncian a acudir al médico por miedo a "molestar". Personas que pagan de su bolsillo medicamentos para no incomodar a un sistema que dicen que es público, pero que trata al enfermo como un estorbo.
Esto no es saturación. No es falta de recursos. Es abandono institucional. Y conviene recordarlo: solo un médico puede valorar una dolencia. Todo lo demás es dejación de funciones.
Lo dije y lo repito: ya nadie importa a nadie. Pagamos impuestos, financiamos infraestructuras, sueldos, carreras universitarias y oposiciones, pero cuando enfermamos sobramos. Molestamos. Estorbamos.
Este armatoste público no tiene razón de ser si quienes lo dirigen y quienes trabajan en él no responden cuando más se les necesita. Una sanidad con listas de espera interminables, sin atención a tiempo, no es sanidad: es negligencia. Y la negligencia mata.
No cuela la excusa de la falta de medios. Nunca hubo tanta tecnología, tanta informatización ni tantas herramientas. El problema no es técnico: es político y de gestión. Alguien tiene que asumir responsabilidades. Exigir resultados. Depurar ineficiencias. Y apartar a quienes, desde despachos o consultas, han normalizado el colapso.
Los gobiernos autonómicos son los máximos responsables del funcionamiento diario del sistema sanitario. No vale esconderse tras Madrid ni tras Bruselas. Las consejerías de sanidad saben perfectamente dónde están los cuellos de botella, quién no cumple, quién no rinde y quién ha convertido su puesto en un refugio laboral. Y, aun así, miran hacia otro lado.
El Ministerio, por su parte, tampoco puede limitarse a discursos grandilocuentes y planes que nunca llegan al paciente. Coordinar, exigir y fiscalizar también es gobernar.
No es de recibo que las huelgas agraven un sistema que ya no responde. El derecho a la protesta no puede convertirse en patente de corso cuando están en juego vidas humanas. La sanidad no es un empleo administrativo más. Es una profesión de máxima responsabilidad. Quien no lo entienda así no debería ocupar ese puesto ni un día más.
Y digámoslo claramente, aunque incomode: el deterioro también se percibe en el trato al enfermo y a sus familias. En la frialdad, en la desgana, en la falta de empatía y de compromiso profesional de demasiados empleados sanitarios. En demasiados casos da la sensación de que se eligió la colocación antes que la vocación.
La sanidad pública no es una agencia de empleo ni un refugio para la mediocridad. Es un servicio esencial. Servir o apartarse. No hay tercera opción.
Si los profesionales consideran que el desastre no tiene nada que ver con ellos, nadie mejor que ellos para decirlo públicamente. Para señalar, con claridad, qué impide atender a los pacientes en tiempo y forma. Con nombres y apellidos. Porque la gente muere por llegar tarde. Y esto no es retórica: es una realidad que alguien tendrá que asumir.
El trabajo dignifica. Por eso resulta insultante escuchar, una y otra vez, la palabra "saturación" como coartada universal. Durante una jornada laboral, con sus descansos, el trabajo debe ser intenso. Las guardias exigen soluciones serias, sí, pero no pueden justificar la ineficacia estructural ni la desatención sistemática.
A quienes hablan de presión constante les invitaría a probar los trabajos que hicieron sus padres para que ellos pudieran estudiar: trabajos duros, peligrosos, insalubres, con miedo real cada día -a gases, derrumbes, caídas, frío, calor, polvo, ruido-, trabajando a destajo durante años.
Trabajar a destajo significaba producir o irse a la calle. Sin aplausos. Sin privilegios. Eso sí era saturación.
Aquí no nos jugamos un debate ideológico. Nos jugamos algo mucho más serio.
Porque cuando la sanidad falla, no falla un servicio público más: falla la dignidad, falla la justicia social y falla una sociedad que ha decidido tolerar lo intolerable.
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