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Cuando un país deja de producir, empieza a obedecer

4 de Febrero del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Una región -y por extensión un país- que abandona el campo está renunciando a mucho más que a una forma de producir alimentos. Está desmontando su base material, su autonomía estratégica y una parte esencial de su identidad colectiva. Agricultura y ganadería no son sectores del pasado ni actividades residuales: son los cimientos sobre los que se construye cualquier economía sólida, diversificada y soberana.

Del sector primario nacen cadenas completas de valor que sostienen el bienestar de una sociedad: la industria alimentaria, la farmacéutica, la cosmética, la investigación biomédica, el aprovechamiento forestal, la gastronomía, la cultura y el conocimiento tradicional acumulado durante generaciones. Abandonarlo no significa solo perder empleo rural; significa romper ecosistemas económicos enteros, vaciar territorios, destruir saberes y entregar el control de lo esencial -alimentación, salud, recursos- a intereses ajenos.

Cuando este abandono se acompaña de la sustitución del sector primario y del sector secundario por un modelo basado casi exclusivamente en el turismo, el problema deja de ser coyuntural y se convierte en estructural. El turismo no produce bienes esenciales: consume territorio, recursos y servicios. Genera empleo precario, estacional y mal remunerado, altamente dependiente de factores externos e incontrolables -crisis económicas, pandemias, conflictos internacionales o simples cambios en las modas-. Un país que vive del turismo vive pendiente del humor del visitante.

Cambiar producción por servicios de bajo valor añadido no es modernizar la economía, es degradarla. Es pasar de crear riqueza a repartir propinas, de ser dueños de lo que se produce a depender de lo que otros decidan gastar. Es aceptar un modelo servil, frágil y subordinado, donde se cuida al turista mientras se abandona al productor, y donde la dignidad del trabajo se diluye entre contratos temporales y salarios de subsistencia.

Este modelo, además, concentra beneficios en pocas manos y socializa los costes: encarece la vivienda, expulsa a la población local, degrada el territorio y convierte pueblos y ciudades en decorados. Se sustituye vida por escaparate, comunidad por consumo. El resultado es una sociedad empobrecida materialmente y desorientada moralmente, incapaz de planificar su futuro porque ha renunciado a controlarlo.

Abandonar el campo no es una consecuencia inevitable de la modernidad; es una decisión política. Igual que lo es apostar por el turismo como sustituto estructural de la agricultura y la industria. No es una estrategia económica: es una huida hacia adelante. Sin un sector primario fuerte y un sector secundario que transforme y añada valor, no hay soberanía posible. Solo dependencia.

Y la dependencia, antes o después, siempre se paga. Se paga en precariedad, en desigualdad, en pérdida de dignidad y, finalmente, en pobreza. Porque cuando un país deja de producir lo esencial, deja también de decidir su destino. Empieza, sencillamente, a obedecer.

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