Cuando la democracia se convierte en propaganda
Sin justicia, sin separación de poderes y sin respeto al ciudadano, no hay Estado de derecho: hay poder sin límites.
En un Estado de derecho, sin juicio ni sentencia no existen culpables ni víctimas. Existe investigación, presunción de inocencia y garantías legales. Todo lo demás es ruido. Sin embargo, en la España actual parece bastar un titular, una acusación en un plató o una denuncia oportunamente tardía para señalar, condenar y dejar rastro. Y ese rastro no lo borra ni la verdad ni el tiempo.
Quienes más practican esta justicia paralela son, paradójicamente, los mismos que indultan y amnistían delitos probados para blanquear a quienes necesitan como socios para conservar el poder. Esto no es evolución democrática ni progreso social: es corrupción institucional camuflada de democracia parlamentaria. No todo vale.
Las denuncias se presentan con pruebas ante jueces y fuerzas de seguridad. No en redes sociales, no en programas de entretenimiento y no años después, cuando conviene políticamente. Juzgar el pasado con los ojos del presente no es justicia, es una coartada moral para eludir responsabilidades actuales y futuras.
Cuando la justicia se sustituye por titulares, lo que queda no es democracia: es propaganda.
Resulta especialmente obsceno que se pretenda prohibir el uso de redes sociales a menores mientras se tolera -e incluso se fomenta- que adultos y políticos indecentes las utilicen para sembrar odio, miedo y confrontación. No se protege a los jóvenes censurando información, se les protege educando, informando y garantizando pensamiento crítico.
Nunca un gobierno había llegado tan lejos en su empeño por aferrarse al poder: censura, manipulación, señalamiento constante y ruptura de equilibrios democráticos. Se pisotea la separación de poderes, se desacredita a jueces que investigan, se presiona a periodistas que fiscalizan y se estigmatiza a ciudadanos críticos. Todo ello, envuelto en lemas que sustituyen a la ley.
Consignas como "yo sí te creo" o "solo sí es sí" no son justicia: son propaganda emocional. Reducen a la mujer a una pureza incuestionable y convierten al hombre en sospechoso permanente. Eso no es igualdad ante la ley, es una caricatura peligrosa del Estado de derecho.
Se pacta con Bildu, con independentistas, con fugados y con condenados. Se les concede todo lo que exigen -incluida la amnistía- mientras se ataca a quienes recuerdan que la ley debe ser igual para todos. La Constitución se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba.
El poder se mantiene fabricando enemigos: jueces, medios, oposición y ciudadanos incómodos. Se instrumentalizan causas legítimas -mujeres, ecologismo, animalismo, inmigración, jóvenes- no por justicia social, sino por cálculo político. Todo sirve si garantiza votos y permanencia.
Se legisla a golpe de decreto, sin consenso, sin diálogo y sin respeto a quienes gobiernan la mayoría de comunidades y ayuntamientos. Guerras, tragedias, incendios, inundaciones, frío, calor o sequía: todo se convierte en relato. Todo es excusa. Todo es propaganda.
A ello se suma la regulación interesada del censo electoral. Se habla abiertamente de facilitar el voto a colectivos concretos no por justicia ni por equidad, sino por conveniencia política. Los inmigrantes y sus familiares se convierten en objetivo electoral mientras los ciudadanos de aquí, los que sostienen el sistema, parecen haber dejado de importar porque ya no los votan a ellos.
Y lo último en la lista son los descendientes de españoles por el mundo, utilizados también como reserva de voto, no como ciudadanos con derechos y deberes reales, sino como cifras en una hoja de cálculo electoral. No es una política de nación, es una estrategia de poder.
Se plantea incluso el voto a los 16 años mientras se les limita el acceso a la información y se intenta controlar los canales de expresión. Se busca un ciudadano ignorante, dependiente y emocionalmente manipulable. Maduro quedará corto.
Y lo más grave: se reconoce abiertamente que no se convocan elecciones porque el pueblo podría votar a las derechas. Ya ni disimulan. Pretenden salvarnos de nosotros mismos. Menudos demócratas son estos impresentables.
Si esto es democracia, no lo es en su sentido pleno. Se parece mucho más a una corrupción institucionalizada que a una democracia consolidada.
Y no, no es exageración. Es la realidad, aunque sea cansino repetirlo. Quién huye de la realidad será pasto de ella.
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