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¡Gracias, Don Salva!

7 de Febrero del 2026 - Carolina Díaz Espina (Algete (Madrid))

Se nos ha ido Don Salva, y con él se va el primer catequista de nuestra vida. Mis recuerdos con don Salvador Tejedor se remontan a sus años como capellán del colegio Peñaubiña. Sus pláticas eran siempre divertidas, con su voz fuerte, hipnótica y vibrante, con la que pronunciaba como nadie la elle y la y griega. Su mensaje, siempre profundo y sencillo: Jesús es nuestro amigo, al que siempre acudir.

Personalmente, don Salvador me enseñó la función de monaguilla: cómo se llamaban los ornamentos, cómo se presentaban las ofrendas en el altar o cuándo tocar la campanilla en la consagración. Cantaba como los ángeles y nos hacía cantar, porque decía que cuando los niños cantábamos, la oración que llegaba al cielo agradaba especialmente a Dios. Mis recuerdos de canciones e himnos religiosos me llevan inconscientemente a él, porque fue el primero que nos los enseñó. Tal era su oído y su capacidad de movilización que organizó un pequeño coro con el que, en alguna ocasión, nos llevó a cantar a sus iglesias, en la época en la que era párroco de Santa Eulalia de Morcín y de otras parroquias de la zona.

Gracias a él vivimos con emoción el robo del Mundial de Corea y Japón. Consiguió que nos pusieran una televisión en el aula de usos múltiples y se las ingenió para que, en algunas de las pocas citas de aquella competición, lleváramos viandas -con permiso de nuestras madres- para ver los partidos como era debido. Genio y figura. Otra historia divertida fue cuando, a raíz de un intento de robo de su Polo blanco en el que le rompieron la luna, decidió dejarlo siempre abierto y con las llaves puestas. «Si está de Dios que me roben el coche, que se lo lleven, pero que no me lo rompan». Sin duda, un hombre de fe.

Con él hice mi primera confesión. No conservo un recuerdo concreto de la conversación de aquel día, pero sí uno muy claro: gracias a él tuve muchas otras "primeras confesiones", con él y con otros sacerdotes, por lo que le estaré siempre profundamente agradecida. Porque si algo fue don Salvador fue un hombre de Dios que guio en la fe y en el perdón a varias generaciones. Su recuerdo caló tan hondo que llegó a casar a muchos antiguos alumnos de los colegios de Fomento de Asturias, incluso cuando estaban lejos de Asturias o de la fe. Ahí estaba él siempre, con la mano tendida para todos.

A pesar de la pena, no podemos dejar de dar gracias por una vida de fidelidad y servicio de este palentino que se sentía asturiano hasta la médula. Siempre le recordaremos con su pelo negro perfectamente peinado con raya al lado, con alguna tímida cana que se le resistía y sus gafas metálicas con cristales ligeramente oscurecidos. Pero también -y sobre todo- le recordaremos por su dedicación pastoral a la diócesis de Oviedo, a los colegios y por su amor a Cristo y a la santa misa. Gracias por una vida gastada en servir. Ya ha llegado a la casa del Padre, al que tanto amó y sirvió con fidelidad durante más de sesenta años. Misión cumplida. Descanse en paz Don Salva, que bien se lo ha ganado.

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