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Donde la soledad despierta

7 de Febrero del 2026 - Carlos José Sánchez Pérez (Gijón)

He caminado por muchas soledades, y ya no las temo. Aprendí que no todas hieren igual: algunas desgarran, otras purifican. Hay una soledad del amor -esa que nace del dar sin medida-, y otra del egoísmo, que vive rodeada de gente, pero vacía de propósito y verdad. Ambas comparten una misma tristeza serena, esa melancolía que se posa en el alma cuando uno se mira sin disfraces.

He conocido la soledad luminosa del que ama por el simple hecho de amar, sin cálculo ni espera. Y también la otra, la que se cultiva desde el propio reflejo, cuando uno solo busca espejos que devuelvan su imagen. Del primer tipo me nutro; de la segunda, me defiendo. Y sin embargo, ambas me enseñaron algo: que cada alma carga su porción de desierto, y que ninguna compañía sustituye el encuentro con uno mismo.

Comprendí con los años que mi soledad no es un castigo, sino un método. Una gimnasia interior que me obliga a mantener el equilibrio entre lo que pienso y lo que siento. No viene del azar ni del abandono, sino de una mezcla de herencia y elección: heridas antiguas, amores fallidos, búsquedas sin respuesta. Pero también una voluntad clara de mirar hacia adentro y escuchar lo que el ruido del mundo no deja oír.

A veces mi yo interior protesta. Se cansa de la disciplina del silencio, del examen constante. Me reclama ternura, me acusa de dureza. Y entonces converso con él, como quien calma a un niño obstinado. En ese diálogo sin testigos descubro que la soledad no es ausencia, sino espejo: nos muestra lo que queda de nosotros cuando callan las voces ajenas. Su dolor, si se nombra, se vuelve maestro; su peso, si se acepta, se vuelve raíz.

Lo comprendí una noche en el Camino de Santiago, cuando un grupo de peregrinos habló de la soledad como quien confiesa su fe. Una mujer lloraba amores perdidos; un hombre reía para no hundirse; una muchacha decía sentirse sola aun rodeada de gente. Mientras los escuchaba, entendí que todos hablábamos del mismo abismo, pero con distintos nombres. Que el problema no era la soledad, sino el miedo a escucharse. Yo caminaba no para huir del silencio, sino para habitarlo. Porque en el Camino -como en la vida- no importa llegar a Santiago, sino llegar a uno mismo recorriendo.

Desde entonces veo la soledad como un archipiélago de islas. La física, que desnuda al cuerpo y lo enfrenta a su propia fragilidad. La psíquica, invisible, donde el alma se ahoga entre rutinas y pantallas. La afectiva, que deja un hueco húmedo y tibio tras cada pérdida. Y la espiritual, la más profunda, donde uno se retira del mundo no para escapar de él, sino para escucharlo mejor. Esa última, la del espíritu, ya no duele: despierta.

He aprendido a elegir mi soledad, a tratarla como aliada. No me aísla, me ordena. En su silencio me reconozco, en su compañía me simplifico. He dejado atrás amistades ruidosas, egoísmos disfrazados de afecto, amores que pedían mi esencia a cambio de su sombra. No fue soberbia, sino supervivencia. No huyo del amor: solo busco el que no me parasita el alma.

Mi cuerpo guarda memoria de esos naufragios: fue úlcera, fatiga, presión, aviso. Y sin embargo, en cada herida encuentro un aprendizaje: cuidarse también es saber cerrar la puerta.

Hoy mi soledad tiene el pulso de un refugio: orden, silencio, rutina breve, claridad. No es júbilo, pero tampoco pena. Es un hogar donde la conciencia respira y la tristeza se vuelve sabia. Envidio, sí, a quienes hallaron compañía serena, pero la mía también me basta. Porque al fin entendí que no hay amor más fiel que el de aprender a acompañarse. Y que solo quien se ha reconciliado con su soledad puede reconocer la dulzura de una verdadera compañía.

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