La muerte puede ser el final de la injusticia
La muerte no es un misterio por lo que viene después, sino por lo que cierra. No asusta tanto el hecho de morir como la sospecha de que el cierre sea definitivo en un mundo que nunca fue equilibrado.
Durante siglos se ha intentado explicar la muerte sin éxito. Religiones, filosofías y ciencias han descrito el proceso, pero no el sentido. Nadie sabe adónde va lo que se apaga ni si va a algún sitio. En ese contexto, reflexionar sobre la muerte parece un ejercicio inútil. Sin embargo, hay una razón persistente para hacerlo: el reparto previo de la vida.
La vida no distribuye de manera justa. No existe simetría entre nacimiento, esfuerzo y resultado. Algunos parten con ventaja en casi todo; otros comienzan perdiendo en casi todo. Lugar, familia, salud, tiempo, afecto. No hay una lógica moral detrás de ese reparto, solo azar. Y aceptar que la muerte lo clausura todo implica aceptar que ese azar es la última palabra.
Con el paso del tiempo aparece una paradoja. Para quienes han tenido una vida más amable, la sensación es que todo ocurrió demasiado rápido. Para quienes han vivido con carencias, dolor o miedo, la vida no se acorta: se alarga. No en años, sino en peso. Y, sin embargo, la muerte iguala a ambos sin corregir nada.
Lo más difícil de aceptar no es la propia desaparición, sino la pérdida definitiva de los otros. La muerte no solo termina una conciencia; rompe vínculos. El problema no es dejar de existir, sino que lo compartido -amistad, costumbre, presencia- quede reducido a recuerdo sin continuidad.
De ahí nace una intuición incómoda: si todo acaba aquí, el mundo queda moralmente mal cerrado. No por falta de sentido metafísico, sino por falta de justicia elemental. No resulta razonable que existan vidas apenas vividas y otras colmadas, y que ambas concluyan del mismo modo, sin resto ni ajuste.
No se trata de afirmar otra vida, sino de señalar una resistencia interior. La idea de que no puede terminar así no nace del miedo a morir, sino del rechazo a que la desigualdad sea definitiva. Esa resistencia no prueba nada, pero dice algo sobre cómo entendemos lo humano.
Tal vez no haya nada después. Pero mientras esa sospecha persista, la muerte no será solo un hecho biológico: será también una pregunta ética. Y quizá el mayor problema no sea no tener respuesta, sino acostumbrarse a que la injusticia cierre la historia.
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