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Satur: un legado hostelero en constante superación

11 de Febrero del 2026 - Javier Pertierra Antón

Se cumple una década desde que el destino decidió, en aquel febrero de 2016, que mi primo Saturnino González Antón trasladara su impecable servicio al comedor de las estrellas de la consciencia eterna.

Nunca olvidaré su dicción perfecta —dotada de una sorna inextinguible— ni su respuesta mítica cuando alguien le preguntaba cómo le iba la vida: «En constante superación», decía él con una chispa de complicidad en la mirada.

Diez años después, la figura de «Satur» no solo permanece intacta en mi memoria, sino que su legado, como el buen vino que recomendaba, mejora con el tiempo. Satur es un «gran reserva» en mi corazón. Cuanto más conozco este mundo terrenal, a veces tan falto de formas y de fondo, más admiro a aquel hombre que hizo de la atención al prójimo una de las bellas artes.

No sé si en el cielo reservado a la gente abnegada y buena las lubinas salvajes siguen moviendo el ojo de puro frescas, tal como él solía presumirlas en la sala; pero estoy seguro de que, si existe una mesa celestial, Satur ya ha organizado el protocolo de una bonhomía con humor que consuela, y tiene preparado un comentario sagaz para romper el hielo y desgranar confianza. Hijo de Ofelia y Pepe, de San Andrés (parroquia de Bárcena del Monasterio), Satur traía en su ADN las mejores esencias de Tineo: una capacidad de trabajo inagotable y esa afabilidad vaqueira que no se aprende en las escuelas de hostelería, sino en las raíces de un concejo feraz en caldos y nobleza.

Mi padre, Conrado —su tío—, sabía bien que el éxito de una casa o de una empresa no reside en sus paredes decoradas, sino en su gente. Por eso siempre buscó rodearse de esa estirpe de bondad asturiana de la que Satur era un estandarte. Colaboró con nuestra familia —su familia— durante más de cincuenta años; una vida entera de lealtad sin una sola grieta ni un solo desencuentro, al menos en lo que a mí respecta. Ni siquiera el fútbol, ese gran generador de discordias intrascendentes, pudo separarnos; es más, yo, que nunca he sido muy aficionado al balompié, estuve a punto de convertirme al barcelonismo por su «culpa». El Barça de Messi le servía de excusa para desplegar un sentido del humor finísimo con el que apabullaba, siempre desde el cariño y la elegancia, a los clientes madridistas, quienes terminaban riendo con él mientras Satur les servía sus colaciones y viandas con una reverencia casi litúrgica.

Sus anécdotas en los restaurantes Casa Conrado, el Cervantes o aquel Bar Asturias en Medina de Rioseco son el archivo secreto de una época. Por sus manos pasaron los servicios de figuras que hoy son historia: desde la profundidad lingüística de Emilio Alarcos, con quien mantenía una convivencia diaria casi familiar, hasta la lírica de Ángel González, pasando por la sobriedad del general Sabino Fernández Campo o la institucionalidad de Rafael Fernández, nuestro primer presidente autonómico. A todos ellos, Satur los trataba con la misma vara de medir: la de la excelencia y la simpatía discreta de su sempiterna sonrisa.

Hoy, su mujer, Pili, «del Crucero», le sigue añorando con fervor, y sus hijas lucen con orgullo ese marchamo de elegancia que él les legó. Para quienes tuvimos la suerte de compartir su camino, su recuerdo sigue siendo una guía.

Y así, tan fresco y tan vivo, nos sigue alumbrando con su ejemplo imperecedero desde su «barra» eterna de generosidad, donde siempre tendrá sitio para uno más. Primo Satur, espérame en el cielo, campeón.

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