Excarcelación de un etarra
Quiero entender la excarcelación de Txeroki, aunque el legítimo enojo de las víctimas me desgarre el alma. Me habría gustado un gran pacto político que gozase de cierto apoyo social, en virtud del cual el arrepentimiento, el perdón y la concordia posibilitasen un país que mira adelante y tira del mismo lado de la cuerda. Una suerte de avenencia, surgida de lo que nos es común. Una suma de todos que siempre genera estabilidad y prosperidad. He de pisar el suelo no obstante. No hay más que observar las Cámaras de Diputados para comprobar que cualquier atisbo de armonía y de pragmatismo es hoy una estupidez. Tampoco en gran parte de Sortu se apean de que lo de ETA fue una cruzada. Ni en gran parte del resto de España se llega a más que la legítima aplicación de la justicia a cal y canto. Pero justicia es también el reducto en el que se refugian quienes no olvidan. La justicia debería también, mediado el tiempo, disponer de la cintura suficiente que facilitase la cohesión y la convivencia. Tal vez este tipo de iniciativas no generan ningún vuelco social, pero pasito a pasito se va apaciguando el rencor. Se va propiciando un sustrato de tolerancia que sedimentará más y mejores logros. Nuestra sociedad se lo merece. Si no es posible lo deseable, ni lo adecuado, tratemos de generar iniciativas discretas que por otro medio se aproximen al fin último: alcanzar una sociedad normalizada, alejada del odio, que en no pocas ocasiones conlleva una secesión sin final.
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