Mariló y el VIH
Hace unos días fuimos testigos de cómo una reconocida presentadora de televisión hizo bingo en el triplete que asola el debate público actual y la conversación cotidiana: equiparamiento de ideas y conocimientos, menosprecio a la evidencia científica y seguridad aplastante en el propio relato. "Yo sé perfectamente de lo que estoy hablando y lo que tengo muy claro son mis ideas y mis conocimientos. No me hace falta ningún estudio científico para saber [inserte aquí tema central -en su caso fue el contagio del VIH-]". Lo dijo además en un programa de referencia en la mañana televisiva española.
Pocos debates reveladores quedan, y no sólo en la pequeña pantalla: es frecuente que hablar de política o de actualidad esté tácita o explícitamente prohibido entre familiares y amigos. Y cuando no, el silencio de aquellos con humildad intelectual suficiente para percatarse de su propia ignorancia es impuesto frente a los argumentos vociferantes de los que ni siquiera se plantean su saber. Simplificaciones y generalizaciones (a menudo discriminatorias) colonizan un discurso basado en opiniones predecibles, sin aristas, tan manoseadas que emiten un brillo tal que debe provocar ceguera reflexiva. Razonamientos que abruman y acallan al que se queda en silencio, porque no sabe ni por dónde empezar.
Es escuchar "¿La raíz cuadrada de 542?, ¡Pues patatas, evidentemente!" y no responder porque uno no es matemático ni alumno de sexto de Primaria, por lo que ni sabe la respuesta, ni sabe cómo llegar a ella sin consultarlo, aunque esté bastante seguro de que se trata de un número y no de un tubérculo. No saber invalida toda réplica posible y destierra al que sabe que no sabe a la afasia conciliadora.
Además, esta ausencia de prudencia acontece de manera transversal a la edad, nivel socio-económico, formación académica e incluso al cociente intelectual. Con cada frase se revelan la ausencia meditativa y la pobreza teórica, se anuncia con gran cartel luminoso la impenetrabilidad del pensamiento ajeno, que mata la esperanza de un posible acercamiento de opiniones por ambas partes. Y cuando el debate muere, desaparece algo tan sano y enriquecedor como es el escuchar de verdad al que tiene un punto de vista diferente, llevándose consigo la posibilidad de hacernos mejores.
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