A vueltas y revueltas con la migración
Causan relativa sorpresa y cierta pena las reacciones que han suscitado las manifestaciones, aparentemente contradictorias, de varios prelados al hilo de la aprobación por el Gobierno español de un proceso de regularización extraordinaria de migrantes.
Sorpresa relativa porque, siendo esperable la existencia de reacciones adversas, llama la atención su agresividad fuera de escala en algún que otro ámbito eclesial. Porque, ciertamente, no llama la atención que en otros foros surjan reacciones desmedidas en cuanto la opinión no se acomoda a alguno de los moldes considerados inobjetables por la oligarquía opinante de turno. En teoría, vivimos en un país en el que se puede expresar educada, pública y libremente lo que uno opina en relación con cualquier asunto.
Cierta pena, por lo que conlleva de manifestación pública de falta de comunión en la Iglesia: «Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). La disensión no solo no tiene por qué ser mala, sino que muchas veces no presupone distanciamiento en lo esencial. En efecto, algunas de esas diferencias de nuestros obispos son relativas, por cuanto que, analizadas en su contexto -lo que requiere dedicar un mínimo de tiempo a este ejercicio de honestidad, tiempo notablemente inferior que el que se precisa para elaborar una réplica o, pongamos por caso, una recogida de firmas-, comprobamos que tienen en común la observancia del mandamiento del amor: la acogida al necesitado, sea este quien sea y venga de donde venga. Esto es lo de Dios. Luego viene lo del César.
¿Cómo afrontar la grave cuestión migratoria que Europa tiene ante sí? Centrémonos en el flujo incontrolado de quienes llegan desde África u Oriente Próximo. La mayor parte de las iniciativas para abordar este fenómeno (y de las polémicas) se centran aguas abajo del problema originario. Podemos acoger a quien tiene hambre, necesita ropa o cobijo... es decir, a quien personifica las consecuencias. Pero, además, hay que afrontar la clave del problema; y si no lo hacemos en origen, no solo estaremos poniendo parches a una bola dramática que crece sin control, sino que facilitaremos que siga creciendo, a la vez que perdiendo gradualmente capacidad para gestionarla.
Una imagen ilustrativa: cuánto preocupa (afortunadamente) a buena parte de la opinión pública la suerte de quienes llegan a trompicones a Europa (al fin y al cabo, "a salvo" por el momento) y cuán poco parece importar la suerte de quienes sufren en sus países de origen hambre, guerra, persecución, asesinatos brutales, opresión e injusticias de toda índole. Y, en medio, los que quedan por el camino. Sin embargo, es ahí donde la comunidad internacional ha de actuar si de verdad se quiere abordar la raíz del problema. Si seguimos sustituyendo esta imprescindible urgencia por el escándalo fácil ante las manifestaciones de quien sea (obispo o no), seguiremos incurriendo en la hipocresía. Una hipocresía cruel y culpable.
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