Salarios mínimos, expectativas mínimas
Que un gobierno y los sindicatos celebren la subida del salario mínimo mientras el salario medio ya no permite vivir con dignidad no es motivo de aplauso: es la prueba de un fracaso. Se festeja el suelo mientras se hunde el edificio.
Hoy, trabajar no protege contra la precariedad. La vivienda devora ingresos, la cesta de la compra se encoge al mismo ritmo que sube su precio, la energía castiga, los impuestos aprietan y cualquier imprevisto convierte la estabilidad en deuda. La cultura del esfuerzo ha sido sustituida por la cultura de la supervivencia.
El salario mínimo es imprescindible como red de seguridad. Pero cuando se aproxima peligrosamente al salario más frecuente, no estamos elevando a los de abajo: estamos empujando a los de en medio hacia abajo. La clase media -sostén fiscal, económico y social- se diluye en silencio.
Este proceso no es inocuo. Sin clase media no hay consumo sólido, no hay ahorro, no hay proyectos de vida estables. Se retrasa la emancipación, se aplaza la maternidad y la paternidad, se cronifica la dependencia familiar y se normaliza la renuncia. La frustración sustituye a la movilidad social.
Celebrar el salario mínimo mientras se ignoran los precios de la vivienda, el coste energético, la presión fiscal sobre el trabajo y la falta de productividad real no es política social: es maquillaje estadístico. Es gobernar el titular y abandonar la realidad.
Si esta tendencia continúa, el salario mínimo dejará de ser un umbral de protección para convertirse en la medida exacta del empobrecimiento colectivo.
No será un logro. Será una advertencia.
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