A cuentas de don Carnal y doña Cuaresma
España, no digamos Asturias, es tierra de tradiciones, esas costumbres, creencias, valores, ritos o prácticas culturales tan valiosas como entrañables porque las recibimos de nuestros padres y abuelos, y a su vez las trasmitimos a nuestros hijos y nietos. Así, se van manteniendo por los siglos, de generación en generación. Cada época del año tiene las suyas.
Aún con el retrogusto a frixuelo en el paladar y en la retina el mediático descenso de Galiana, colofón y paradigma de nuestro Antroxu, asoma en el calendario el Miércoles de Ceniza, preludio de la Cuaresma, tiempo adusto, donde no faltan las torrijas o picatostes (según la zona de Asturias), entre otras llambionadas típicas de esta época.
Ya en el siglo XIV, el Arcipreste de Hita describió alegóricamente el duro combate entre Don Carnal y daña Cuaresma en su «Libro del buen amor». Combate que dos siglos más tarde, pintó el artista flamenco Pieter Brueghel el Viejo. Viene de lejos el conflicto entre los placeres terrenales más propios del Carnaval y la abstinencia religiosa que caracteriza la Cuaresma.
Sobre esto último acaba de escribir León XIV en su mensaje para esta Cuaresma de 2026. Pero lo ha hecho con un matiz novedoso que me interesa resaltar por necesario, en una sociedad polarizada y bronca, instalada -desde los ámbitos más variados- en la crispación y el insulto.
Invita el hasta hace poco cardenal Prevost a una forma de abstinencia «muy concreta y a menudo poco apreciada -comenta-: la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo»
Invita el hasta hace poco cardenal Prevost a una forma de abstinencia «muy concreta y a menudo poco apreciada -comenta-: la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo».
Y lo hace de manera clara y concreta: «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias». Al tiempo que traslada una llamada a «aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad». Y nos anima a hacerlo dentro de la propia familia, cuando estamos entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación o en las comunidades cristianas.
Bonita tarea la de «cultivar la amabilidad» sembrando en casa, en el trabajo, en los ambientes más variados cordialidad, gentileza, delicadeza, afabilidad, atención, respeto o agrado, por enumerar las muchas facetas de esta virtud que nos muestra la RAE.
La persona amable sabe tender puentes cuando la distancia se hace patente, procura disculpar y si en algo debe corregir, lo hace de frente, con lealtad y palabras que animen a crecer.
El poder de la amabilidad es tal que puede acabar con la angustia de quien se encuentra abatido, levantar el ánimo del apesadumbrado, incluso motivar a quien se encuentra agotado y a punto de tirar la toalla.
Entonces, concluye en su mensaje, «muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».
Tan necesitados andamos de paz y esperanza que me apunto al reto que nos lanza León XIV, de manera que las palabras amables y afectuosas alejen cualquier tipo de distancia, odio o rencor. Por algo se empieza.
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