Memorias de la guerra contra los franceses
El 30 de junio de 1827, un grupo de hombres se presentó en la villa de Grado para revisar los padrones del cercano pueblo de Peñaflor. En aquella España que comenzaba a asomarse al régimen liberal, los privilegios de la sociedad estamental permanecían aún vigentes, y el linaje seguía siendo requisito indispensable para acceder a determinadas instituciones. Tal era el caso del Seminario de Nobles de Madrid, aristocrático colegio al que aspiraban ingresar los hermanos Patricio y Fulgencio de Palacio Fernández-Arango.
Ambos habían nacido en Morcín, aunque su familia materna procedía del concejo moscón. Su abuela, María Alonso, era natural de Peñaflor. Acreditar aquel origen noble no debía entrañar mayor dificultad: se trataba de un trámite habitual y la familia reunía méritos sobrados -el abuelo de los jóvenes, José Antonio de Palacio, había sido miembro del Consejo de Su Majestad, canónigo y vicario general del obispado de Oviedo, así como auditor de la Nunciatura-. Sin embargo, surgió un obstáculo inesperado: la documentación necesaria había desaparecido. El archivo había sido arrasado por los franceses durante la guerra de la Independencia.
Ante la ausencia de papeles, el padre de los pretendientes, el comandante Ricardo de Palacio, apeló a la memoria de los vecinos. Varios habitantes de Peñaflor comparecieron como testigos. Entre ellos se contaban Manuel Díaz Miranda, José Fernández Villar, José Fernández Armilla y Francisco Fernández Quirós, quienes habían vivido los hechos en primera persona. Sus testimonios retrocedían a mayo de 1809, cuando las tropas del mariscal Ney penetraron en el concejo por Peñaflor. Entre los días 17 y 19, los asturianos intentaron contener el avance francés en los alrededores, pero la resistencia terminó por ceder. De aquellas maniobras militares tenemos noticia gracias a trabajos como los del historiador José Luis Calvo Pérez; menos conocidas son, en cambio, las vivencias de los civiles.
Fernández Villar declaró que los soldados asturianos hacían fuego contra los invasores desde el puente de Peñaflor y que muchos vecinos «abandonaron sus domicilios por no ser víctimas de su furor [del de los franceses]». No fue suficiente. Fernández Armilla evocaba el paso de las tropas «a sangre y fuego», matando personas y quemando cuanto hallaban a su paso, «tanto en las casas de Ayuntamiento como de los vecinos». Los desmanes prosiguieron durante la noche en que los franceses se alojaron en el pueblo antes de dirigirse a Grado. Cuando regresó a su vivienda, relataba el declarante, encontró «la total destrucción de las casas y papeles de nobleza en el Ayuntamiento». Estas narraciones coincidían con las de Díaz Miranda y Fernández Quirós, quienes abundaban en la devastación de los bienes que poseían los vecinos.
El resultado fue un pueblo arrasado, un archivo reducido a cenizas y decenas de muertos. Más de quince años después, quienes habían sobrevivido conservaban aún una memoria precisa de lo sucedido. Gracias al azar de un expediente académico -los hermanos Palacio lograron finalmente ingresar en el colegio madrileño, y Patricio llegó a ser catedrático de instituto en Geografía e Historia-, su testimonio quedó fijado por escrito. Un relato que rescata del olvido el sufrimiento de la gente común y que, por su dramatismo, no habría desmerecido el pincel de Goya.
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