La vida es demasiado corta para convertir el humor en censura y la estupidez en ley.
Las mujeres del Carnaval de Cádiz denuncian supuestos ataques machistas por cantar en la calle. ¿En serio? Sí, leyeron bien: cantar, bromear, disfrazarse y desafinar se ha convertido en un "acto de violencia". Confundir ficción, sátira, chirigota, chiste o canción con agresión real es absurdo. Puro sinsentido.
Primero fueron los piropos. Luego los chistes. Después los cuentos de hadas, donde el príncipe "roba" un beso a la Bella Durmiente. Quisieron quitar el gallo del corral porque "acosa" a las gallinas. Los animales de las cabalgatas. Mujeres entregando premios. Y ahora, hasta chirigotas y charangas pueden ser "delito de opinión".
Todo bajo un feminismo moralista que olvida letras donde los hombres reciben todo tipo de insultos:
"Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho... maldita sanguijuela, maldita cucaracha, que infectas donde picas..."
Imaginen la reacción si se invirtieran los papeles. Lo próximo: multar por una mirada obscena, una risa sarcástica, un "no mirar"... a los narradores de cuentos por "acosar a los personajes". Prohibir chistes familiares. Cerrar Carnavales. La estupidez, como la inflación, no tiene límite.
La sátira y el humor mordaz siempre han sido armas contra sexos, pueblos, razas, tiranías, hipocresías y políticos inútiles. Escritores, dramaturgos y cantautores escondieron críticas tras ironía, pseudónimos y canciones burlescas por miedo a la censura. Hoy, convertir cada broma en un juicio moral es reinventar la Edad Media... pero con WiFi.
No se trata de justificar agresiones reales. Ni de negar desigualdades existentes. Se trata de aprender a encajar, a contestar, a reírse de uno mismo y de los demás. No convertir la vida en un corsé donde todo está prohibido. Prohibir reírse es matar la libertad... sin ensuciarse las manos. Las personas tristes y acomplejadas no nos dictan ni nos trasladan sus frustraciones.
Los chistes no son chismes. Las canciones no son amenazas. Las charangas no son ataques. La censura preventiva mata creatividad, espontaneidad y alegría colectiva. Imponer un discurso moral rígido convierte la sociedad en un lugar donde respirar aire fresco es políticamente incorrecto.
La vida es demasiado corta para vivir bajo la tiranía de la ofensa imaginaria. Disfrutemos de la sátira, la ironía, el humor negro y las charangas desafinadas. Reír, cuestionar y ser felices vale más que cualquier corsé ideológico. Ser serio y tener humor no son opuestos.
Mientras tanto, lo que realmente importa, lo que da de comer y evita morir de desesperación, pasa de largo: la vivienda imposible, la sanidad que mata y no cura, los salarios que no llegan, la carestía de la vida, la cesta de la compra... Todo eso, impecablemente ignorado. Eso deberían censurar y solucionar Irene, Iglesias, Belarra, Sánchez... y todos los políticos ineptos que se preocupan más por casigallinas, gallos y charangas que por alimentar y dar bienestar a las familias españolas.
Es difícil reír y ser felices cuando hasta el humor tiene que pedir permiso. Ni charangas. Ni gallos. Ni reír. Todo prohibido por esta jauría de impresentables.
La vida es corta. El humor es necesario. La sátira no mata. Censurarla, sí.
Y sí, mujeres, si no podéis reíros de esto... entonces, ¿para qué estar vivas?
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