Comparaciones odiadoras
Las comparaciones son, por lo general, odiosas. Pero también pueden ser odiadoras. Sirva como ejemplo la columna de opinión de Urbano Rubio Arconada (titulada "Ancianos encarcelados") en este diario el 17 de febrero del corriente. No puede, sin duda, un medio de información verificar sistemáticamente los datos y las afirmaciones categóricas de todos sus colaboradores y opinólogos. Pero como en este caso son falsos y generadores de resentimiento social hacia los más vulnerables, un medio líder como LNE siempre da difusión a réplicas fundamentadas. Agradezco de antemano por tanto a LA NUEVA ESPAÑA la publicación de esta "Carta al Director".
La idea central del artículo del Señor Rubio Arconada es confrontar la triste realidad que, a su juicio, se vive en las residencias de mayores frente a los resorts de cinco estrellas que, de nuevo a su juicio, son las cárceles españolas. Y comparar el gasto que suponen al erario público reclusos y menores no acompañados frente al de nuestros ancianos. Como en tal comparanza, según su criterio, salen ganando "delincuentes y menas", fantasea con llevar a estos a los geriátricos y a los residentes de aquellos meterlos en prisión. Qué ingenio y que gracejo se gasta el señor Arconada.
Estoy seguro de que el autor de la columna no conoce la realidad de cárceles y residencias más que de oídas. De oídas estigmatizantes y preñadas de prejuicios y estereotipos. Yo sí las conozco. Durante quince años trabajé como educador social con personas sin hogar y drogodependientes en situación de emergencia social y los visité en bastantes ocasiones en los módulos del CP de Villabona. Desde hace una década ejerzo como auxiliar de enfermería en residencias de mayores, privadas y públicas.
Le puedo asegurar, señor Arconada, que no hay nada más triste y asfixiante que el módulo de una prisión. No sé en qué película vio usted campos de rugby, auditorios y piscinas donde hay adicciones (más del 70% de los reclusos lo son por delitos relacionados con ellas), trastornos mentales con un tratamiento deficitario, soledad, pobreza... Porque lo que sí tiene la prisión es un sesgo de clase brutal. Estando España a la cola en tasa de homicidios y siendo uno de los países más seguros del mundo, la población penitenciaria es comparativamente alta. "En este lugar maldito donde reina la tristeza no se castiga el delito, se castiga la pobreza". Ah, también hay presos políticos, algunos gravemente enfermos; antifascistas como los 6 de Zaragoza; sindicalistas como les 6 de la Suiza... También estuvo Urdangarín, mire, este sí estuvo recluido solo en un módulo recién reformado. ¡Siempre hubo clases!
Es falso que el Estado gaste 4.100 euros al mes por recluso. Póngale casi 2.000 menos. Pero que la realidad no le estropee a usted la base de sus chascarrillos. ¿Para qué señalar que en prisión se está obligado y a una residencia se ingresa voluntariamente, verdad?
Si conociera de primera mano de lo que habla, sabría que en las cárceles también hay ancianos. Varios miles de reclusos tienen más de 60 años, y varios cientos, más de 70. Y alguno de 80 también hay. Sabría que en los geriátricos también hay delincuentes, maltratadores o violadores. Recuerdo dos hermanas que ingresaron a su padre en la residencia en la que trabajaba y nos dijeron: "Atendedlo lo mejor posible pero no queremos saber nada de él ni vendremos a visitarle". Había maltratado toda la vida a su mujer y abusado de ellas cuando eran pequeñas. Le sorprendería saber que en las residencias también hay "menas". Hace pocos meses enterramos a una en la mía. Salió del puerto de El Musel en 1937 hacia Leningrado. Afortunadamente, no se encontró un señor Arconada al llegar, sino un pueblo deseoso de acoger a los menas españoles. Así pudo ser profesora universitaria a pesar de ser ciega y sorda, y formadora de hornadas de diplomáticos rusos que trabajarían en el mundo hispano.
Si le importara a usted de verdad la realidad de las residencias señalaría a los que se lucran con el estado de las mismas. La directora de la multinacional de una de las residencias en las que trabajé tiene una retribución anual de 1,33 millones de euros. Mientras, con 2,5 al día por residente teníamos que cubrir desayuno, comida, merienda y cena. Es más fácil ser implacable con los débiles y señalar a un menor extranjero o a un preso que a una multimillonaria, ya lo sé. ¿Sabe usted cuál es la ventaja de una prisión frente a un geriátrico? Que las prisiones son públicas en este país (ignoro si usted es más partidario de las prisiones privadas, como las decenas que hay en EE UU) y el 90% de las plazas residenciales están en manos privadas. Pero no creo que eso le preocupe porque no lo cita en su artículo.
Su columna de opinión es un eslogan de la ultraderecha, pero más largo. Enfrentar al último con el penúltimo es infame. Y hacerlo contra colectivos vulnerables como reclusos, niños no acompañados o ancianos es el último círculo del infierno. A usted no le importa en absoluto la dignidad de nuestros mayores aunque la cite en su artículo. Lo que le importa es negársela a otros. La dignidad es patrimonio común de todos los seres humanos. Y defender, en concreto, la de los más vulnerables es básico para ser mejores, como personas y como sociedad. Usted puede, inténtelo. Se convertirá en otro hombre. Y si no, no pasa nada, seguiremos teniendo a Arconada. Gooooool.
Héctor García,
auxiliar de enfermería del ERA
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