Menos disculpas y más gobierno
Mientras México vuelve a vivir jornadas de violencia, bloqueos y miedo, desde la Presidencia se insiste -una vez más- en exigir a España que pida perdón por la conquista. Resulta difícil no preguntarse si no estamos ante la enésima maniobra de distracción.
Porque el problema de México no está en 1521. Está en 2026.
Un país con más de doscientos años de independencia no puede seguir utilizando el pasado como explicación automática de sus fracasos presentes. México es una nación soberana desde 1821. Ha tenido tiempo de sobra para consolidar instituciones fuertes, garantizar seguridad jurídica y proteger a sus ciudadanos. Si hoy vastas zonas del territorio viven bajo la presión del crimen organizado, la responsabilidad no está en Madrid. Está en Ciudad de México.
Reclamar una disculpa histórica puede generar titulares y alimentar cierto orgullo identitario, pero no reduce homicidios, no desmantela cárteles y no devuelve la tranquilidad a las familias que viven con miedo. Es un gesto simbólico que no cambia la realidad material de nadie.
La insistencia en este asunto parece más una cortina de humo que una prioridad de Estado. Cuando la violencia desafía abiertamente al Gobierno, cuando el crimen organizado demuestra capacidad para paralizar regiones enteras, lo que se espera del liderazgo político es estrategia, firmeza y resultados, no debates retóricos sobre episodios de hace cinco siglos.
México no necesita más discursos sobre agravios históricos. Necesita instituciones que funcionen, cuerpos de seguridad eficaces, justicia independiente y políticas públicas que devuelvan el control del territorio al Estado. Necesita gobernar el presente, no reescribir el pasado.
España no administra la seguridad mexicana. No diseña su política criminal. No elige a sus gobernantes. Pretender que una disculpa resuelva algo es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, profundamente oportunista.
La historia puede estudiarse en las universidades y debatirse en los foros académicos. Pero cuando la violencia es el problema central, insistir en reclamaciones simbólicas suena a evasión. México merece algo mejor que gestos grandilocuentes y polémicas estériles.
Quizá ha llegado el momento de que la presidenta se deje de pendejadas históricas y se concentre en lo que realmente importa: gobernar para que sus ciudadanos puedan vivir sin miedo.
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