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La vida no es un argumento de distracción

24 de Febrero del 2026 - Ángel Luis Fernández González (OVIEDO)

Estimado lector:

Escribo este texto con el alma encogida y el espíritu en alerta, no como un mero observador de los tiempos que corren, sino como un ser humano profundamente conmovido por lo que considero un grave retroceso en la historia de la humanidad. En estos días, mientras el Gobierno de Pedro Sánchez impulsa una reforma constitucional para blindar el aborto como un supuesto "derecho" en el artículo 43 de nuestra Carta Magna -esa que debería protegernos a todos-, no puedo quedarme callado. El Consejo de Estado, presidido por Carmen Calvo y con un informe favorable de María Luisa Carcedo, se prepara para debatir esta propuesta el próximo jueves. Pero yo, en esta epístola que te dirijo a ti y, a través de ti, a cualquiera que valore la vida, quiero exponerte mi punto de vista con claridad y convicción. Esto no es avance: es una abdicación moral que nos aleja de nuestra esencia como especie.

Permíteme empezar por lo fundamental: no puede existir un "derecho" al aborto porque entra en colisión directa e irreconciliable con el derecho inalienable de todo ser humano a la vida. Nuestra Constitución lo proclama en su artículo 15: "Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral". Este principio no es abstracto ni opcional; abarca al nasciturus, ese ser humano en formación desde el instante de la concepción, cuya existencia es el cimiento de cualquier otro derecho. Invocar el artículo 43, que habla de la protección de la salud, para justificar el aborto es un subterfugio, un fraude de ley que elude el debate real sobre la vida misma. Como bien argumenta Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, uno de los padres de nuestra Constitución, esta maniobra ideológica sacrifica el valor supremo de la vida en favor de una autonomía mal entendida. La vida comienza en la fecundación; terminarla intencionalmente no es un acto de libertad, sino de violencia letal que viola el mandamiento ético más básico: no hacer daño. ¿Cómo podemos, como sociedad, priorizar un nominalismo jurídico donde la "salud" se usa como pretexto para extinguir una existencia inocente?

Y no olvidemos a los médicos, guardianes de la vida por vocación y juramento. El Juramento Hipocrático, esa promesa ancestral que define su profesión, exige "primero, no hacer daño" y prohíbe cualquier medio que provoque la muerte, incluido el aborto. Los médicos no están para ejecutar terminaciones; su misión es salvar vidas, curar y aliviar. Obligarlos a participar en un procedimiento que destruye una vida en desarrollo es una afrenta a su integridad ética y profesional. El aborto no trata ninguna dolencia; no es medicina, sino una intervención letal que contradice el núcleo mismo de la deontología hipocrática. En un mundo que se jacta de progresar, ¿cómo podemos forzar a estos profesionales a convertirse en agentes de la muerte, erosionando la esencia de su arte sanador?

Pero lo que más me duele, querido amigo, es reconocer que estamos ante un punto de inflexión irreversible, un acto sin vuelta atrás que este Gobierno presenta como "interrupción voluntaria del embarazo". Ese eufemismo es cruel e insuficiente: no es una pausa temporal, sino la destrucción definitiva de un ser único, con un potencial infinito para el amor, la creación y la contribución al mundo. Y todo esto surge en un contexto aberrante. El Ejecutivo de Sánchez está envuelto en una tormenta de corrupción que socava la confianza en nuestras instituciones: el caso Koldo, con sobornos en contratos de mascarillas durante la pandemia que salpican a exministros como José Luis Ábalos; el caso Cerdán, con comisiones ilícitas en adjudicaciones públicas; las investigaciones por influencia "peddling" y malversación que involucran a su esposa, Begoña Gómez, y a su hermano David. A esto se añaden denuncias de acoso sexual en las filas del PSOE, como las que hay contra Francisco Salazar y José Ángel González. En medio de esta crisis que paraliza presupuestos y genera clamores de renuncia, recurrir al aborto como distractor ideológico es profundamente repugnante. Usar la vida de los más inocentes -esos sin voz ni defensa- como un mero elemento para desviar la atención de su propia podredumbre moral es un cinismo que nos rebaja a todos. No es política, es manipulación de lo sagrado para encubrir lo profano.

Escribo esto porque creo que la humanidad está en una encrucijada. Esta reforma no blindará derechos, erosionará los pilares de nuestra dignidad colectiva al tratar la vida como algo desechable. Te pido que reflexiones conmigo: rechacemos esta deriva cínica y exijamos un retorno a los valores que nos hacen verdaderamente humanos. La vida no es un argumento de distracción, es el valor supremo que nos une.

Yo sé que tú compartes esta visión, por eso te ruego que no dudes en defenderla, porque en la protección de los inocentes radica nuestra esperanza como especie.

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