Hechas con miel de verdad
Tengo que reconocer que como consumidor soy un poco tiquismiquis. Hasta hace poco consumía (y sigo) pan integral de "masa madre" y me atiborraba de magdalenas tradicionales, bombas azucaradas, dulces y sabrosas...
¡Me ha subido el azúcar en sangre!, pero, mira por dónde, a mi proveedor, auténtico mago del paladar exigente, se le ocurrió comercializar unas magdalenas hechas de miel "de verdad", ecológicas, integrales, superricas. Endulzan con miel, no con azúcar (eso me han dicho), un total galimatías porque la miel también tiene azúcar.
Cuando estoy en modo consumidor, hoy lo estoy, los constantes recordatorios del "costo de vida" me agobian aún más que el convencimiento de que en los supermercados no existe la realidad, solo filas y filas de azúcar, sal, grasa y publicidad (justo lo que te "recomienda" tu médico).
Luego, cada vez que reviso qué venenos químicos componen los ingredientes de los productos, simplemente me cabreo de nuevo como compradores que siempre tenemos que tener cuidado con los monstruos que controlan los medios de producción.
Dicho sea de paso, nadie debería ignorar que la mayoría de los cereales de desayuno envasados son poco saludables: contienen mucha azúcar, aceites vegetales y, seguramente, contengan también cereales transgénicos.
Son un placer para el paladar, cierto, de ahí me viene el recordatorio de esa canción publicitaria "chasquido, crujido y pop", cuando el cinturón que te rodea no aguanta más la presión en tu cintura y se deshace después de devorar esta porquería.
También me recuerda a esos nuevos aparatos que cantan y bailan y que pueden predecir tu futuro... con "final feliz", ¡pero no hay ninguna instrucción sobre cómo encender el maldito dispositivo!
Pienso que hasta quizás pudieran recomendarnos comer la caja de cartón, que seguro es más nutritiva y tiene menos aditivos. Al menos tiene escrito en un díptico publicitario que viene dentro que las magdalenas son "sabor natural", lo cual me tranquilizó mucho porque no me importa el glifosato, ni si es natural o no, ni si tiene sabor a miel de verdad..., hasta que me pregunté qué querían decir con "natural" y por qué también insistían tanto en anunciarlo.
Mi pareja me insistía una vez más: «Vamos, cariño».
Más abajo, en letras grandes y negritas, decía que comer el cereal "puede ayudar a reducir el colesterol"* (asterisco) como parte de una dieta "cardiosaludable"..., luego el asterisco te conducía a un galimatías mucho más pequeño y difícil de leer que decía que comer el cereal, dentro de una dieta baja en grasas más amplia, "puede reducir el riesgo de infarto". La señora Muerte, la del vestido negro y guadaña, también es natural, pensé, pero eso no lo mencionaban.
Me estaba cansando de buscar y, todavía de pie en el pasillo de los cereales, volví a mirar el díptico publicitario, donde la imagen de una abeja de dibujos animados con una varita de miel, "Buzz the Bee", como luego supe que la llamaban, me recordó a Campanilla de Peter Pan, la historia de un niño que no quiere crecer porque la muerte llega con el tiempo, como el cocodrilo que se traga un reloj y se come al Capitán Garfio. En Nunca Jamás nadie muere, excepto el malo. Sin embargo, no puedes decir lo mismo en nuestro País de Nunca Jamás, donde los malos matan a los buenos por todos los medios.
Todavía seguía de pie en el pasillo de cereales, pensando con nostalgia en el tiempo que hace que no pruebo una fabada, mientras sostenía en la mano la tapa "Buzz the Bee" con la varita mágica, cuando ella, mi pareja, paciente y sonriente, me dijo: "Vamos, cariño".
Lo dejé todo y corrí tras ella, porque a ver quién se puede contener cuando su pareja le dice por tercera vez "Vamos, cariño".
Saludos cordiales.
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