La felicidad de la familia, una responsabilidad con el futuro
Llegar a esta vida no es un mérito propio. Ninguno decidió nacer, y, sin embargo, aquí estamos, gracias a quienes nos permitieron llegar. Esta verdad impone una responsabilidad ineludible: si valoramos nuestra propia existencia, debemos facilitar que otros lleguen a ella.
Vivimos en una cultura que exalta la libertad, pero esa libertad se desdibuja cuando negamos la interdependencia que define la vida humana. El embarazo no es solo un proyecto personal: es un ser con ADN propio, un derecho a la vida que no se extingue en la voluntad de la madre. Impedir su nacimiento, sin supuestos ni límites, es un acto que va más allá de la elección: es una negación del derecho fundamental a nacer. Puede ser, y debería ser, un delito. Es grotesco gritar "madre, no hay madre", porque al hacerlo se borra la esencia misma del vínculo que sostiene la vida.
No se trata de negar la autonomía de la mujer, sino de reconocer que la libertad plena solo se construye sobre la vida. Un mundo sin niños es un mundo que se apaga. Y un pueblo sin niños es un pueblo sin futuro. La vida es un regalo, y defenderla es la base de cualquier sociedad que aspire a ser feliz.
Ningún proyecto está por encima de facilitar vida. Por eso, ser madre es mucho más que ser mujer.
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