Un país cada vez menos para los suyos
España fue un gran país. Construimos un Estado del bienestar sólido, una sanidad pública de las mejores del mundo, una seguridad ciudadana ejemplar, con Policía Nacional y Guardia Civil como garantes, autosuficiencia en muchos sectores y una clase media fuerte que sostenía el sistema. La vivienda y un salario digno eran aspiraciones alcanzables, y durante años supimos contener la inflación.
Hoy, todo eso se desmorona.
La vivienda se ha vuelto imposible, los sueldos no alcanzan, la inflación asfixia y la sanidad ya no atiende a tiempo. Mientras tanto, el Gobierno insiste en que "vamos como motos". La realidad cotidiana desmiente ese relato.
Un país cada vez menos para los suyos.
Regalamos recursos a quien quiera venir, generando una competencia desleal para quienes han sostenido este país durante generaciones. Las viviendas las compran extranjeros y fondos sin moverse de su país; para ellos son baratas. Después las destinan al alquiler turístico o especulativo, expulsando a los residentes del mercado.
A esto se suma una inmigración sin control que acepta cualquier salario y condición, degradando el mercado laboral y empobreciendo a quienes ya estaban aquí. No se trata de culpar al que llega, sino de denunciar un sistema que utiliza esa precariedad para abaratar costes a costa de la dignidad de todos.
Suben el salario mínimo unos euros mientras la clase media pierde poder adquisitivo a marchas forzadas. Precisamente esa clase media que sostiene el sistema con sus impuestos y su esfuerzo.
Pronto no competiremos por una vivienda, sino por una habitación compartida; por salarios de miseria y por sobrevivir.
El encarecimiento generalizado del país: sanidad, seguridad, vivienda, cesta de la compra, energía, transporte... todo se vuelve menos accesible. Lo que costó décadas construir se deteriora en pocos años.
Al principio se nos dijo que la llegada masiva de capital extranjero y población traería prosperidad: divisas, consumo, crecimiento. Pero cuando todo se encarece y los salarios no acompañan, el resultado es una sociedad más pobre, más dependiente y más precaria.
Terminaremos siendo un país de servicios baratos para quienes tienen mayor poder adquisitivo: empleos de propina, alquileres imposibles y una calidad de vida cada vez menor para los propios ciudadanos.
Solidaridad, sí; ingenuidad, no.
Si repartes lo que te sobra, vas por buen camino sin perjudicarte.
Si repartes lo que tienes, eres solidario.
Pero si das todo lo que tienes, no das humanidad: das pena.
España y Europa corren el riesgo de autodestruirse si confunden solidaridad con estupidez, humanidad con ingenuidad y responsabilidad con demagogia.
Un país serio debe abrir sus puertas a quien venga a integrarse, trabajar, invertir y convivir, siempre con regulación y según sus necesidades reales. Fuera de ese marco, el error perjudica tanto a los de dentro como a los que llegan.
Inmigración, refugiados y el debate prohibido.
No es lo mismo inmigración descontrolada que refugio humanitario. España tiene la obligación moral, ética y jurídica de acoger a quienes huyen de guerras, genocidios o persecuciones. Mezclar ambos fenómenos solo sirve para descalificar cualquier crítica como racismo o xenofobia. No lo es.
Señalar la falta de control, la explotación laboral o el colapso de servicios públicos es exigir responsabilidad política.
También llegan grandes fortunas que no crean empresas ni empleo, sino que disfrutan del clima, la sanidad, la seguridad y el bajo coste de vida. Compran viviendas, las destinan al alquiler turístico y expulsan a los ciudadanos del mercado.
Así no solo se reparte vivienda, sanidad o infraestructuras: se encarece todo y se deteriora la vida de los españoles.
Un bienestar que otros disfrutan sin haber contribuido:
Millones de extranjeros disfrutan hoy de un Estado del bienestar al que no contribuyeron a construir y que, sin planificación ni control, corre el riesgo de deteriorarse sin recursos suficientes para sostenerlo.
No es una cuestión de origen, sino de equilibrio. Ningún sistema puede soportar una presión ilimitada sin planificación.
No hablo por mí.
Hablo por mis hijos, por mis nietos y por los de todos ustedes.
Un país donde la vivienda es un lujo, los salarios indignos, los servicios públicos colapsan y la clase media desaparece no es más solidario, es más débil.
Y cuando un país se debilita, deja de ser hogar para los suyos y se convierte en un destino para quienes pueden permitírselo.
España aún está a tiempo.
Pero el tiempo -como el bienestar- también se agota.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

